Del amor al odio

 

LUNES

 


 

 

 

 

Del amor a la desesperanza

 

Era un día más en Santiago de Chile, al final del otoño.

El tablero de ajedrez se mezclaba con los recuerdos de las horas pasadas y las piezas que ocupaban los espacios del emplazamiento bicolor, se diluían como imágenes intrascendentes de mayoritarios peones, en mis espacios mentales…

Todavía llevaba el recuerdo de la impresionante marcha del pueblo, frente al Palacio de La Moneda en los días anteriores, cuando expectante la busqué, entre el mar interminable de obreras y estudiantes, a ella… la altiva y extrovertida jovencita, la que me des-concentraba con su presencia, esa mujercita llena de juventud y sagacidad, la compañera Cecilia. 

 

Ese día pasado, la busque en la interminable columna obrera, puesto que el día anterior, en la federación de estudiantes secundarios nos habíamos puesto de acuerdo en que, debíamos estar presentes, junto a los trabajadores, pobladores y pueblo movilizado, que ofrecía su apoyo al compañero Presidente, el reconocido en el mundo como un gran estadista que, se encontraba atacado por una débil mayoría del congreso chileno, dominado por la oposición y que, lo acusaban de dictador marxista, por el solo hecho de utilizar los resquicios legales para gobernar. A ella, no la había encontrado durante la mañana, aunque tuve la esperanza de verla entre las banderas del Partido Socialista, en el que militábamos como estudiantes de la federación estudiantil, pero no fue así… Pasaban y pasaban las columnas humanas con sus banderas y pendones, de sindicalistas, profesionales, los gremios de la salud, de la construcción, artesanos, panaderos, las juntas de vecinos, los sin casa, un devenir de pobladoras, obreros, jovencitas alegres y hermosas, pero ella, la que me hacia latir aceleradamente el corazón y me dejaba sin palabras, no estaba.

Era tarde y el hambre me hizo dejar la marcha, ese mar de gente que enarbolaba sus banderas marchando inagotables, todo un pueblo volcado por la Alameda frente al palacio de La Moneda que, imponente y sin los camiones represivos del grupo móvil, permitía el paso de la tropa vibrante, que me llevaba por la avenida en la dirección donde se encontraba mi población, para volver a casa, cansado y abatido, sin haber encontrado a mi compañera. 

 

En días anteriores, el Partido Comunista totalmente comprometido con el gobierno, había lanzado la consigna “No a la Guerra Civil”… convocando a todas las organizaciones de trabajadores y estudiantes, a una movilización permanente y a la marcha, en apoyo al Gobierno Popular, por lo que la comunidad educativa del Liceo, científico humanista, sumándose al llamado a la unidad del pueblo, se encontraba en paro de profesores y la federación estudiantil, se había reunido para discutir sobre las acciones a seguir en relación al apoyo de la convocatoria a plebiscito, que sonaba como opción por parte del Gobierno, para descomprimir la presión social por el desabastecimiento que, se agudizaba, a causa del paro de los camioneros. El paro de los dueños del transporte de carga, junto a la movilización de las mujeres “del barrio alto” con sus relucientes ollas vacías, era un movimiento patronal financiado con los dólares de Norteamérica, que inducía a continuarlo y que, era apoyado por el Partido Nacional junto a la Democracia Cristiana, ambos partidos opositores al gobierno y que, desde el Congreso, seguían llamando a las Fuerzas Armadas a intervenir con un alzamiento militar, un golpe contra el Presidente Salvador Allende. 

 

En el pasillo techado, frente al comedor del liceo, junto a Pablo Soto nos encontrábamos jugando ajedrez en la mesa de ping pong, esperando el término de la reunión del Directorio del centro general de estudiantes. Mientras Pablo, concentrado, estudiaba el tablero para su próxima movida, yo divagaba culpándome por la poca valentía que había tenido el día anterior, para decirle a Cecilia que la amaba, después que ella me había invitado a conversar en un rincón del balcón, al fondo de las salas vacías del segundo piso. Su hermosura y sagacidad, junto a la extrovertida forma de hablar, me hacían sentir torpe y, aunque sospechaba que su invitación era para ayudarme a confesar mis intenciones, no fui capaz de decirlo. No encontraba la forma de declararle mi amor; hasta que, minutos después, desde la sala la llamó el compañero de pupitre y quede solo, mirando como se alejaba con su sensual contorneo de caderas. 

 

– Ya pues Gustavo… Te toca. – interrumpió Pablo, después de dejar la Reina cubierta por el alfil y en posición precisa para un jaque al Rey. Estaba perdido, con el jaque en ciernes tenia solo un par de jugadas, para el desenlace inevitable… Era definitivamente un jaque mate.

De pronto, el volar repentino de las palomas y un par de explosiones, nos hicieron mirar al cielo. Mientras en la lejanía, se sentía el vuelo rasante de los aviones y los compañeros dirigentes, salieron atolondrados de la reunión que se efectuaba en el comedor, mirando con estupor. 

 

Eran pasadas las diez de la mañana, del martes 11 de septiembre de 1973. 

 

El resto de la mañana fue de locos. Nadie de los presentes en el liceo sabía que ocurría, pero nos imaginábamos que había comenzado el desalojo al denominado por la oposición del Centro y la Derecha “residente de La Moneda”; nuevamente, el golpe de estado al compañero Presidente. 

 

Ya al mediodía, tanto los profesores, la rectoría y la dirección administrativa del liceo, no se encontraba presente.

Uno de los bandos oficiales de la autodenominada “Junta Nacional de Gobierno”, ordenaba a los trabajadores volver a sus casas y decretaba, el “toque de queda”… tanto en la tarde y noche, de ese día martes.

El Centro de alumnos estaba bajo nuestro control político, puesto que habíamos ganado la elección del año 73 y nos quedamos en el Liceo, para efectuar la toma del establecimiento; todo de acuerdo al plan de contingencia que se había definido con anterioridad en caso de emergencia política, como la que estaba ocurriendo. El presidente del Centro de alumnos, el “Gato” Ortiz, ordenó quemar los registros de las juventudes estudiantiles del partido, fichas y documentos que se guardaban en el Liceo, por lo que algunos compañeros realizaban la tarea en la cocina, mientras otros, descerrajaron los laboratorios químicos, para llevarnos los elementos necesarios que servirían en la preparación de artefactos explosivos, que supuestamente, nos sirvieran en la defensa del Gobierno. 

 

La disposición de quedarnos en el liceo, a cargo de una toma permanente, fue cambiada posteriormente, por medio de una orden telefónica que indicaba el llevarnos, los elementos “requisados”, a nuestras casas y esperar nuevas órdenes, decisión tomada de acuerdo a lo dispuesto alrededor del mediodía, por la Dirección Central del Partido. Los compañeros dirigentes se encargaban de los elementos químicos y nosotros, con Pablo y Cecilia, nos haríamos cargo de los elementos para propaganda, por lo que el mimeógrafo, la máquina de escribir de la inspectoría y unas resmas de papel, eran los elementos que llevaríamos. En una furgoneta Citroen, armada en talleres del norte chileno, Pablo cargó las maquinas para llevarlas a su casa, mientras Cecilia y yo, nos encargamos de las resmas de papel. 

 

Salimos a la avenida Carrascal, ya no había locomoción colectiva puesto que eran pasadas las cuatro de la tarde. Decidimos caminar juntos hacia el oeste, rumbo a casa de Cecilia, a pesar que yo debía dirigirme al sur, pero no me importó hacer el periplo, porque el camino, era la ocasión propicia para que le declarara mis sentimientos y por ultimo, solo el estar junto a ella, era lo más importante para mí. 

 

La conversación fue amena a veces, entre sobresaltos por algunos vehículos que pasaban veloces por el asfalto, caminábamos y yo, esperando el momento preciso para declararme, buscaba el pie para decirlo pero, la planificación insulsa para mi, de las próximas acciones y la preparación para tomar las medidas de seguridad el día en que nos convocaran a la acción, no dio cabida ni me permitió, nuevamente, declarar mi amor.

Nos despedimos dos cuadras antes de su casa y enfilé, por calle Samuel Izquierdo hacia el sur… Magullando mí desesperanza por la incierta espera, junto a las dificultades que se me presentaban una tras otra, para encontrar la supuesta felicidad que sentiría, al tenerla por fin en mis brazos y llenarla de besos. 

 

Los días fueron pasando. El Estado de Sitio y los toques de queda me parecían interminables. Las preocupaciones y el encierro, sumado a los disparos y ráfagas nocturnas con armas de fuego automáticas, me hacían desvelar, pensando en cuando volvería a verla. No llegaban noticias de ella ni de los compañeros.

Los días en que se levantaba el toque de queda, por algunas horas, solo servia para hacer una que otra compra o encargo de alimentos, en el único almacén que tenia mercaderías y que era, de propiedad del Regidor por el Partido Nacional de la comuna, que extrañamente, tenia la bodega llena de alimentos que escasearon en el extinto gobierno popular. 

 

Los rumores de allanamientos que estaban ocurriendo, en las diferentes poblaciones periféricas de Santiago, las poblaciones populares “callampas” y los “campamentos más conflictivos”, de reconocida militancia o simpatía con el ex gobierno, tenían preocupada a mi madre. La casa familiar, que se encontraba en medio de los trabajos de albañilería, para una eterna ampliación en construcción, había quedado detenida por el Toque de Queda y el Estado de Sitio, anunciados en un bando decretado con posterioridad al golpe militar y, entre las cadenas, pilares y barras de hierro, yo había ocultado el único revolver que tenia mi padre para defensa propia, puesto que con la situación del país, solo las fuerzas armadas junto a carabineros, podían tener armas y, los pobladores junto a los ciudadanos, por medio de otro bando militar, habían sido conminados a entregarlas el mismo día del golpe de Estado, so pena de considerar como terrorista a quien las portara, junto al fusilamiento inmediato... Lo raro para mi, era que, en las sorpresivas llegadas nocturnas y violentas arremetidas a casas de conocidos dirigentes sindicales, políticos o estudiantiles de la Unidad Popular, ingresaban civiles de “Patria y Libertad”, grupo político de ultra-derecha, premunidos con armas cortas y de guerra, para sacar a los “terroristas” a la fuerza y llevarlos en automóviles sin patentes, a lugares desconocidos y clandestinos. Extrañamente, estos civiles armados, que se desplazaban en medio del toque de queda, nunca fueron acusados ni aparecieron arrestados por los secuestros, ni fusilados por andar armados causando terror en las casas de particulares desarmados y en las poblaciones populares. Sumado a esto, en la madrugada siguiente y con posterioridad al rapto perpetrado por estos civiles, llegaba la policía uniformada o de investigaciones, a la misma casa del detenido o secuestrado, para hacer cumplir una supuesta, orden de arresto en contra del dirigente. Así ocurrió con el padre de una amiga de mi hermano menor, un vecino de la población que, había trabajado años en la fábrica textil de Jorge Hirmas y que, al momento del Golpe militar, era delegado sindical. El vecino, que fue sacado escandalosamente por civiles armados que, rompiendo las ventanas de su casa, ingresaron por la noche para golpearlo delante de su mujer y su hija, arrastrarlo a medio vestir y llevarlo en un automóvil sin patente, con destino desconocido.

La vecina afectada, con la niña a cuestas por ser hija única, iniciaron un largo peregrinar por cuarteles policiales, dependencias militares y oficinas de juzgados, para consultar a funcionarios judiciales por el trabajador detenido. Estos auxiliares de la justicia desconocían su arresto y les recomendaban a las mujeres, “no buscarlo” porque, según ellos, seguramente las había abandonado para salir fuera del país, huyendo, porque era un marxista criminal… un comunista traidor a la Patria.

 

Una mañana, mi madre había escuchado de una vecina, que los militares rodeaban la población, haciendo correr el rumor que se efectuaría un próximo allanamiento masivo, por lo que ella, de inmediato, había tomado todos los libros, diarios y revistas que yo guardaba, para quemarlos en un gran tarro. Cuando llegue a la casa, después de la interminable cola en la panadería que le tocaba la venta autorizada de pan, la encontré con el fuego crujiente y revisando mis cuadernos y papeles, con las resmas en blanco sacadas del liceo para propaganda, a su lado. 

– ¡Mamá! ¿Que estas haciendo? – pregunte. 

– ¡Los militares… vienen a allanar… la casa! – balbuceo entre nerviosismo y temor. 

 

Me costo convencerla que eso no ocurriría, puesto que yo venia desde fuera de la población, de la panadería que estaba a mas de diez cuadras en la avenida José Joaquín Pérez y no había visto ninguna patrulla militar, ni menos rodeado el sector de uniformados. Lamentablemente, el “crimen” ya se había cometido, mis libros, colecciones y archivo histórico del periodo que me tocaba vivir, lo que guardaba celosamente, había sido devorado por las llamas, en danzantes lenguas de fuego. 

 

– Tendré que escribir yo, la historia de este periodo. – pensé, mientras guardaba lo que quedaba de mis cuadernos. 

 

Llegábamos a fines de octubre. El Estado de Sitio había mutado a Estado de Emergencia y el toque de queda, ahora era solo por la noche.

Como a las 10 de la mañana, llego Pablo Soto a mi casa, con noticias de las juventudes del partido. Producto del bando militar que había declarado ilegales a los partidos políticos y prohibía las reuniones, de cualquier tipo, el Partido Socialista y sus juventudes habían pasado a la clandestinidad y trataba de reorganizarse en pequeños grupos dispersos, al menos los que quedaban y no habían sido detenidos. De muchos jóvenes dirigentes nada se sabía, en las comisarías no había información sobre ellos y los canales judiciales se encontraban en un completo desorden administrativo dirigido por la “justicia militar”.

Prácticamente no existía el Estado de Derecho. 

 

Pablo me comento que, él se descolgaba; volvía al norte con su familia. Por ultimo, me avisó sobre la realización de una próxima reunión clandestina del centro de alumnos socialistas del liceo, que se efectuaría para definir los pasos a seguir, con la entrega de información emanada desde las direcciones partidarias clandestinas. Me dio el punto, fecha y la hora, en que se efectuaría la reunión y se fue. 

 

Hasta el día de hoy, nada se de el… desapareció en algún lugar del Norte. 

 

La mañana del día programado para la reunión, estaba tibia. Caminé por la calle San Pablo hacia el este. Los vehículos circulaban con normalidad, pero las veredas estaban desiertas. Crucé Avenida Radal y seguí por la vereda Sur, el murallón de la “Barraca de maderas” se alzaba imponente a mi costado derecho, atrás, a lo lejos, en los departamentos del lado norte, una que otra persona salía al balcón y miraba hacia los lados, para volver a encerrarse en su departamento. Llegue a la esquina de la calle Abtao y viré hacia el sur, todo estaba tranquilo y sin transeúntes. Me preocupó la inusual soledad de la mañana, llegue a la casa que tenía el número indicado y observe los alrededores… No había nada que me despertara sospechas, el antejardín de la casa estaba vacío, solo las baldosas gastadas pero limpias, reflejaban el tenue luminosidad del Sol. Las ventanas se encontraban cerradas y con las cortinas extendidas en su interior. 

 

Busque un timbre, algo para avisar que había llegado cuando de pronto, la puerta de la casa se abrió lento y un joven desconocido, asomándose a medio torso, me miro sin decir nada… a continuación, hizo una seña para que ingresara. Un segundo de incertidumbre recorrió mi mente y di el paso.

- ¿Estarán adentro los milicos? ¿esperando para llevarme? - Pensé, y el estrés del momento me hizo avanzar lentamente e ingresar a la casa con inquietud.

 

En el interior, todos amontonados, estaban esos jóvenes expectantes, mirándome entrar a la pequeña sala de estar. Reconocí a algunos del liceo, también estudiantes de otros cursos y al compañero Ortiz, el dirigente que apodábamos “el gato”. Con ansias y mi corazón al cien, la busque a ella, la compañera Cecilia, esperando ver su cara risueña entre los jóvenes y un par de chiquillas presentes, pero no estaba. 

 

Me acomode atrás de las sillas, en un rincón, de pie para ver a quien moderaba y dirigía la reunión. Mientras escuchaba el informe de un desconocido dirigente del partido, que continuaba haciendo un breve resumen del Golpe de Estado y la defensa del palacio, con los compañeros del partido denominados los GAP, que efectuaron el posterior repliegue esperando el apoyo del sector militar con el General Carlos Prats, el General que apagó el primer intento de Golpe de Estado y que en septiembre de la traición, nunca llegó para defender la legalidad institucional y fue asesinado, un año después, por sus mismos compañeros de armas.

 

Posteriormente, el dirigente denunciaba los atropellos a los derechos humanos realizados por fuerzas militares, enumeraba los muertos que aparecían en las mañanas arrastrados por el Río Mapocho y los arrestos ilegales, realizados por civiles armados, para llevarse a las y los militantes, dirigentes y amigos de la Unidad Popular, de los cuales no quedaba registros sobre su destino, ni dirección de los lugares de detención. 

 

Después, el orador pasó a entregar las disposiciones determinadas para el momento, por la Dirección Central, que eran “detener todas las acciones de resistencia, tanto armadas como pacificas, para replegarse sin ningún tipo de trabajo político y quedarse en casa, acatando las disposiciones y los bandos de las nuevas autoridades”, en especial nosotros, los jóvenes estudiantes del Partido, quienes deberíamos volver a los liceos, para entregar los elementos que se habían sustraído y disolver todo tipo de organización estudiantil. 

 

Yo, respecto de la reunión y al comienzo del informe sobre la situación actual, ingenuamente pensé que, al terminar, las disposiciones de la dirección del partido serian organizar clandestinamente la resistencia, con propaganda ideológica primero y armada después, para pasar a la ofensiva y continuar con el proyecto revolucionario del Partido Socialista, proyecto transformador que había iniciado el compañero presidente Allende y que, durante el gobierno, el mismo partido había llamado y exigido profundizar. Pero la realidad era otra. 

 

El sueño forjado en el exilio de Juan Fernández, después de la Republica Socialista de Marmaduke Grobe, sueño de llegar al poder por la alternativa democrática con la unidad de la izquierda y del pueblo, estrategia denominada como la “Vía Chilena al Socialismo con vino tinto y empanadas”, como dijera el Presidente Allende, estaba acabado… la Dirección Central de las juventudes y del Partido Socialista Chileno, por el momento, se rendía sin luchar. 

 

Termine frustrado, ninguna de mis expectativas de la reunión se habían cumplido. No estaba presente el amor de mi vida y no quedaba nada organizado del proyecto revolucionario, al que había adherido con entusiasmo. 

 

Cuando regrese al liceo, para terminar el año escolar, ya nada era igual… había que aparentar que todo estaba normal, la compañera Cecilia encontró pareja, un joven de otro curso y yo, me dedique a escribir y dibujar historias de acción y aventuras, en mis ratos libres.

 

El año 1973 para mí, terminó truncado… mis sueños quedaron atrapados bajo la bota militar y la realidad me golpeó la cara… tuve que reconciliarme con mi ardorosa ingenuidad, con mi juventud vital y con mi idealización de la vida que, debería ser ajustada a la nueva realidad.

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