El Sueño Conquistado

 

 

 


 

Historia de la población Herminda De La Victoria


 

 

 

Original de:

 Gustavo Paredes Villagra

 

 

Año 1989

 

 

 

Segunda Edición

Año 2017


El Sueño Conquistado

Original de Gustavo Paredes Villagra

 

Premio al Segundo Lugar

Concurso Historia de las Poblaciones

Año Internacional de la Vivienda Para las personas sin hogar. O.N.U.

Convocado por las ONGs:

Acción Vecinal y Comunitaria (Avec), Juventudes Para El Desarrollo (Jundep), Taller de Asistencia Técnica (Norte), Centro de Estudios Sociales y Educación (Sur), Taller de Vivienda Social (TVS).

 

 

 

Segunda Edición

Pargon Ediciones

Derechos Reservados

 

Historia, Diseño gráfico, Composición y Diagramación

Gustavo Paredes

Santiago de Chile

 

Impreso en:

Amazon.com


 

 

 

 

El Sueño Conquistado

 

 

Una fría madrugada en la comuna de Barrancas, bajo una densa niebla que señalaba el comienzo del otoño y entre las sombras que proyectaban los montículos de la tierra árida, comenzó primero como un susurro que – a medida que pasaban los minutos – crecía como un murmullo, esa masa incontenible de pobladores que llegaban de todas partes, en sigilosas hileras, con carretones o carretas. Semejaban extraños soldados con mochilas improvisadas, arrastrando bolsos, desechos, cartones, con frazadas a cuestas, con niños que apurados caminaban de la mano o en brazos de su madre, llenos de esperanza. Caminaban en silencio algunos, otros se comunicaban por señas, mirando a su alrededor con inquietud, como presintiendo que el mal acechaba entre las sombras.

Silencio, compañero. Calle la boca; – pedía a media voz uno de los dirigentes - y cuidado con los pacos, que pueden dejar la escoba. 

Era la mañana del 16 de marzo de 1967

 

*  *  *

 

Diez años antes, el 30 de octubre de 1957, los pobladores informales de las ribera del canal de La Aguada, denominado “el zanjón”, en forma desesperada se tomaban los terrenos de la chacra La Feria; realizando la primera “toma de terrenos” de Chile y de Latinoamérica.

A principios de la década del sesenta, en el gobierno de Jorge Alessandri, la crisis habitacional en Chile buscaba urgentes soluciones. Ante la incapacidad del gobierno, la alternativa era la toma de terrenos. A fines de 1964 el déficit de viviendas estaba por sobre las 600.000 casas, considerando lo insalubres e inhabitables que eran las denominadas callampas, conventillos, rucas, ranchos y chozas.

En su campaña electoral, el gobierno de Eduardo Frei había ofrecido la construcción de 360.000 viviendas; un plan habitacional elaborado en la CORVI y revisado por la Cámara Chilena de la Construcción. Sin embargo, en los tres primeros años los resultados estaban muy lejos de las metas fijadas. Las pocas viviendas que se construían correspondían en su mayoría a las categorías media y superior. Las viviendas mínimas, que representaban el 70 por ciento del total y que llegarían a 43.000 viviendas en 1967, ese año alcanzaron apenas a cinco mil. (1)

 

 

Los recursos con que contaba el país para la construcción e infraestructura social, eran los que destinaba la “Alianza para el Progreso” a los países latinoamericanos, que debían usarse para solucionar, en parte, la extrema pobreza. Pero la presión de los grupos económicos privados por utilizar muchos de los recursos en su propio provecho, llevó a que se construyeran viviendas medias y superiores; en tanto que no se hacían las viviendas económicas que las familias de los obreros necesitaban.

 

En la comuna de Barrancas, de un promedio de 1.100 familias encuestadas en 1967, el 97 por ciento eran obreras, casi todas con trabajo, pero sólo 448 jefes de hogar ganaban un salario superior al vital obrero, y 483 percibían menos de este vital. El resto estaba cesante.

 

Ninguna familia era propietaria. El 39 por ciento arrendaba habitaciones y el 55 por ciento estaba en calidad de allegada. Casi todas las familias estaban inscritas en la CORVI desde hacía varios años. Más de la mitad había sido víctima de lanzamientos y las demás estaban en conflicto, como allegadas o como arrendatarias, con el propietario del inmueble.(2)

 

Familias en la miseria, carencia absoluta de techo, trámites burocráticos de la CORVI y un porvenir incierto. Ante este cuadro desolador, los partidos políticos de izquierda agrupados en el FRAP, desde el Congreso daban la pelea por las reivindicaciones más urgentes de la clase obrera. Los trabajadores respondían a sus dirigentes políticos con organización y movilización ascendente en demanda de soluciones efectivas.

 

Surgió así la organización de pobladores de Barrancas, conformada por los comités Pueblo Unido, Peumo, Barranca, Corvi, Dalmacia, Blanqueado y cinco comités más.

 

El objetivo era la solución del problema habitacional en Barrancas.

 

—Debemos hacer presión al gobierno, si queremos soluciones —dijo pau­sadamente Juan Araya, dirigente de un comité poblacional, en una de las reuniones de coordinación de la organización comunal de pobladores.

 

—Podríamos hacer una concentración en la comuna —agregó otro.

 

Se comenzó entonces a trabajar y organizar una gran concentración. Se eligió como lugar la calle J. J. Pérez a la altura del 6.600, frente a un gran terreno eriazo conocido como el de La Viuda. También se realizaron gestiones con el gobierno en busca de alguna solución.

 

La idea de la toma ya se estaba madurando. Había que realizar un reconocimiento y elegir un terreno adecuado. Sería la primera toma de este período presidencial y no se sabía cómo reaccionaría el gobierno democrata­cristiano. En la concentración se declaró que ése sería el lugar donde se instalaría el campamento.

 

— Aquí nos instalaremos, compañeros. ¡Si el gobierno no soluciona nuestro problema, lo solucionaremos nosotros! —declaró Araya en medio de la concentración.

 

Se preparaban así los ánimos para que la organización asumiera la lucha por un pedazo de tierra.

 

*  *  *

 

En medio de los preparativos y reuniones, dos comités de Quinta Normal decidieron unirse a la organización; sus diri­gentes llegaron pidiendo puestos de mando.

 

— Si quieren puestos en la directiva, ¡déselos, compañero! Después vere­mos si son capaces y sirven en la pelea. — Acotó un viejo dirigente comunista.

 

El terreno se eligió. Era uno adquirido por la Fundación INVICA en una zona industrial del ex fundo Santa Corina. Terreno semi-árido, duro, donde sólo crecen secos pinos; lo forman suaves faldeos de rulo, lo cruza un canal de cierta profundidad y se puede llegar a él cruzando un puente. Se dibujó un plano topográfico del sector y sobre éste se planificó la toma. Había que preparar grupos para que hicieran el puente, para cortar el agua, y otro provisto de linternas para señalar el camino a los pobladores.

 

El gobierno, estando ya al tanto de lo que se preparaba, mantenía contacto con los dirigentes. Los tramitaba para dilatar la toma y ganar tiempo, ofreciéndoles — por medio del programa denominado Operación Sitio, — algunos terrenos en plan de construcción destinados a otros pobladores de las riberas del río Mapocho.

 

 

 

 

 

Adelina Chávez y su esposo Pedro Álvarez, carpintero de profesión, estaban cesantes desde hacía varios meses. Vivían como allegados, tenían un hijo de ocho meses, enfermo de epilepsia, y Adelina venía saliendo del hospital con una guagua de cuatro días.

 

— Me contaron que se va a hacer una toma… — contó Pedro a su esposa camino a la población. — Y sería re’güeno que nosotros fuéramos.

 

Adelina asintió con la cabeza y siguieron caminando.

 

Creyeron primero en promesas alessandristas, luego en promesas demo­cratacristianas. Su experiencia, hecha de esperanzas frustradas, los había llevado al camino de la lucha. Tomaron una decisión consciente y no habría nada que les hiciera cambiarla.

 

— Tenemos que luchar, mi’jita — decía Eugenia Gorbina a su hija. — La toma es la única forma de tener una casa para tus hijos. Yo por ellos, por mis nietecitos, voy a participar.

 

Tenía sesenta años de edad, vivía como allegada junto a su hija y nietos. Una mujer curtida en este pueblo sufrido.

 

La organización siguió preparando febrilmente el momento de la toma. Algunas compañeras de los comités llevaban más de dos meses realizando un curso de enfermería. Profesionales médicos las preparaban y reunían recursos para un policlínico ambulante. Las comisiones tomaban decisiones. La de alimentación propuso una olla común en la toma.

 

— Sin ollas comunes, compañeros — contestó Juan Araya. — No queremos sinvergüenzas, bandidos y borrachos que se aprovechen de la olla para eludir sus responsabilidades.

 

Se discutió la necesidad de alimentación para los participantes y sus hijos, la falta de recursos en las familias cesantes, la solidaridad que debería darse en el futuro campamento; posteriormente se llegó a un acuerdo de repartir leche solamente a los niños.

 

 

*  *  *

 

 

Atardecía en Lo Prado, un sector de Barrancas. El sol se escondía entre la cordillera de la Costa, pintando con un color rojizo las nubes otoñales. Caminando por Los Arrayanes, una estrecha calle del sector, Antonio Faúndez, joven obrero de la construcción, conversaba con Manuel González de sólo 19 años. Sus cabellos bien recortados lo hacían ver más joven; era delgado y de buena estatura.

 

—No sabemos qué hacer con la Sara. No podemos seguir viviendo allá en la casa; somos muchos y hay puros problemas — decía Antonio. — Pa’ más remate, el viejo Riquelme todavía no quiere que nos casemos. Viejo tonto, si ya llevamos más de un año viviendo juntos.

 

— Si po’ con tu hermana ya decidimos casarnos y allí en tu casa no se puede vivir —contestó Manuel.— Y sólo en tres piezas, no cabemos nosotros cinco más los siete cabros. Además la Pilarcita ya va a cumplir dos meses.

 

— ¿Sabís Manuel? en el comité de allegados nos estamos preparando pa’ una toma. Tú con la María podían meterse también.

 

—Ya po’ …necesitamos un sitio, aunque sea por mientras.

 

La decisión estaba tomada. Llegaron a la casa, una mediagua pareada al lado derecho del sitio. Una ventana no muy grande lanzaba una tenue luz a la calle, que se cubría con un manto de sombras. Los jóvenes cruzaron la reja de madera que separaba el Sitio. Manuel ingresó a la casa mientras Antonio atravesaba el patio e ingresaba. — en el fondo, — a una caseta no muy bien hecha, de madera, sobre un pozo negro.

 

* * *

 

Los dirigentes de la toma, reunidos, ultimaban los detalles para no dejar nada pendiente.

 

— Están listos los compañeros que harán el puente, y ya nos conseguimos las linternas. — Informó el encargado de ejecución.

 

    Hay que avisar al diario El Siglo, para que esté en la toma reporteando.

    Y a la revista Punto Final también.

 

— Si po’ también hay que avisar a los compañeros parlamentarios; Gladys Marín y María Maluenda ya están al tanto.

 

— Hay que conseguirse buses, camionetas, carretones para trasladar las cosas desde los comités mas alejados.

 

*  *  *

 

En la población Roosevelt, a la primera cuadra por José Joaquín Pérez, estaba instalada una tenencia relativamente nueva. Era la hora del cambio de guardia y había un ajetreo febril.

 

— ¿Adónde se encuentra el oficial al mando de esta unidad? — preguntó al centinela un corpulento oficial de aspecto agresivo.

 

— Está en la oficina, mi coronel. ¡Cabo de guardia! — gritó el carabinero al ingresar el oficial.

 

Era el coronel Sergio Rodríguez, oficial designado para controlar la toma. Tenía órdenes superiores de evitarla a como diera lugar.

 

— Es posible que esta noche se realice una toma; no sé el lugar, pero se cree que será en J Pérez. En el terreno de La Viuda — comunicaba al oficial que se encontraba  al mando de la tenencia. — Por lo tanto, ordene a sus hombres que arresten a todas las personas que encuentren como para una toma, poniendo parejas de carabineros en las poblaciones cada tres cuadras.

 

— Como ordene mi coronel — respondió el oficial. — Solicitare refuerzos.

 

Minutos después comenzó la “operación sitio” de carabineros. Con esto, también se cumplía el objetivo de amedrentar a los pobladores.

 

La toma estaba en marcha. Era alrededor de la medianoche. Una densa niebla no dejaba pasar la claridad de la luna; el alumbrado público no era suficiente; por lo tanto, era posible burlar a los pacos. Al menos eso pensaban los pobladores.

 

Primero salieron Antonio y Sara, caminaron hasta la esquina y, después de atisbar, Sara volvió a la casa.

 

—Ya, chiquillos —susurró—; no se ve ná. El Toño está esperando en las torres. Voy a buscar las cosas.

 

Se juntaron los cuatro en la esquina. El nerviosismo se reflejaba en su respiración agitada. Todo estaba en silencio; sólo se escuchaba el ronroneo de los cables de alta tensión de las torres eléctricas. Se encaminaron rumbo al sur. Los ladridos de un perro sobresaltaron a los sigilosos caminantes; una frazada cayó al suelo.

 

—Recógela, y no te asustís de los perros —susurró Manuel.— Vamos por los Copihues hasta San Pablo. Sale más corto.

 

Y siguieron su marcha perdiéndose entre la niebla.

 

En otros sectores surgían caravanas de mujeres con niños, cargando sobre sus hombros paquetes que contenían enseres, pesados fardos. Hombres que llevan el colchón, las frazadas, palos y cartones. El brasero, las ollas, el tarro de parafina, canastos o bolsos con papas y fideos, carbón, una garrafa con agua y la bandera que hay que plantarla sobre la carpa. Se deslizan entre la niebla, haciéndole el quite a los carabineros adiestrados, bien apertrechados; con cascos de metal, laques de goma, lumas, bombas lacrimógenas, fusiles con sus respectivos cargadores, revólveres y sables los oficiales.

 

— ¡Alto! ¡No se muevan o disparo! — es el grito entre la niebla y las sombras. Dos figuras armadas se acercan apuntando a mujeres con sus niños.

 

— ¿Qué pasa, mi cabo? — pregunta Eugenia con voz temblorosa.

 

Los niños abrazan a la madre que no suelta el brazo de Eugenia.

 

— ¿Dónde creen que van, mierda? — es la respuesta de uno de los garantes del orden y centinelas de la propiedad privada.

 

— ¡A la toma querían ir las perlas! ¡Vamos altiro pa’ la comisaría, será mejor!

 

Sin dejar de apuntar, se llevan a las mujeres con los niños y sus cosas a cuestas. Cuadras de caminar y después, la tenencia.

 

— Otras más que no llegaron — comentó jocosamente el guardia.

 

— ¡Cabo de guardia! — gritó, y las prisioneras ingresaron con sus custodios.

 

Dentro del cuartel, algunos pobladores sentados en unas bancas y los más, tirados en el suelo con todos sus enseres, esperaban. Eugenia, su hija y sus nietos se sumaron a los demás.

 

— ¡Puchas la mala pata! — Exclamó uno de los detenidos.— Tan re‘bien que veníamos y tuvimos que quedamos atrás.

 

En calle San Pablo entretanto, el ajetreo era grande. Carretas, carretones, personas en bicicleta, a pie, se unían formando una columna cada vez mayor. Una pareja de carabineros, sin poder hacer nada, se apresuró en ir a pedir refuerzos y dar aviso del lugar donde se realizaba la toma. Un bus de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado (ETC), con personas y enseres, se unió a la marejada humana.

 

De pronto, ahí estaba: el compañero con la linterna señalaba el camino hacia el terreno. La columna comenzó a internarse entre espinos, sorteando montículos de tierra, perdiéndose entre las brumas, guiada por las débiles luces de las linternas que se apagaban y encendían.

 

Parecía un buzón como entraba la gente, como un embudo que se tragaba un racimo silencioso de personas que, arrastrando sus paquetes, comenzaban a tomar posiciones. Los niños bajaban los bultos de sus hombros y se sentaban en la dura tierra.

 

—Cuidado con el canal, compañera — susurraba el vigía que iluminaba el puente con la linterna.

 

Mientras tanto afuera, en San Pablo, seguía llegando gente. Los reporteros de El Siglo fueron los primeros en llegar; eran las 2:30 de la madrugada.

 

Repentinamente, entre la niebla y las sombras, comenzaron a aparecer efectivos policia­les. Había que apagar las linternas y prepararse. Dos camiones cargados con enseres fueron detenidos junto a sus conductores y al guía en su bicicleta.

 

El trabajo era duro adentro de la toma; los hombres cavaban con dificultad la tierra para enterrar estacas. En la oscuridad, ni una luz. Se sentía sólo el ruido de los martillos que casi instintivamente golpeaban los clavos. Rodeando el terreno, — después que se dio la voz de alarma, — las mujeres con sus hijos formaron una cadena humana, tomados de las manos, en silencio.

 

Primero se levantó una carpa, improvisada con frazadas; después comen­zaron a aparecer las otras, diseminadas entre las sombras, por los faldeos. Carpas de todos tamaños. Comenzaron a encenderse las fogatas, las velas, los chonchones; las banderas flameaban sobre las carpas entre la llovizna y una densa niebla.

 

Las guaguas y algunos niños pequeños ya estaban guarecidos del intenso frío; el agua hervía, una taza de té para poder continuar, la espera era larga. Un piquete de carabineros que había llegado en dos furgones, trataba de llegar al lugar de las fogatas. Vano intento; la defensa organizada había cortado el puente y cerrado las pasadas. De pronto, un grito y el chapoteo.

 

— ¡Un paco se cayó al agua! — gritó un poblador y comenzó a reír. Los demás, contagiados, comenzaron a reír también mientras el policía, resbalando en el barro, trataba de salir. Llegaron otros carabineros y lo ayudaron, en medio de la burla generalizada, producto del mismo nerviosismo de los pobladores.

 

Los cordones de vigilancia se formaron con hombres y mujeres que se turnaban. La neblina de la madrugada fue dando paso a más llovizna. A lo lejos se divisaban los furgones que controlaban en la distancia.

 

— ¡Queremos casas! — Empezaron a gritar los que vigilaban. — ¡Nuestros hijos son chilenos y merecen los terrenos!

 

La madrugada comenzaba a despuntar. Eran cerca de las cuatro, cuando por San Pablo aparecieron varios piquetes policiales, armados fuertemente y reforzados por militares en dos camiones. Los sin casa rompieron el silencio y comenzaron a cantar la canción nacional.

 

En esos momentos llegaron al lugar los diputados del FRAP y los parlamen­tarios Gladys Marín, María Maluenda y José Cademartori, acompañados por Luís Neira, dirigente poblacional y regidor, junto a Lorenzo De La Maza, candidato a regidor por Barrancas.

 

Varios minutos después se hicieron presentes Laura Allende y Volodia Teitelboim junto a otros parlamentarios y diputados, para prestar su apoyo a los sin casa en su lucha por la vivienda.

 

— ¡Ahí viene el alcalde! — Dio aviso un vigía. — Pongan el puente.

 

El alcalde, Benedicto Flores Neira, un hombre de estatura considerable y contextura gruesa, trigueño, ingresó al campamento y, dando un rápido vistazo, se retiró con el ceño fruncido. Eran cerca de las cinco de la madrugada, cuando una patrulla de carabineros logró ingresar, fuertemente armados. Seguían las órdenes de dos oficiales y procedieron a realizar una ligera inspección.

 

—Tú, ¿de dónde vienes? — preguntó el oficial a un poblador.

 

—De la población Neptuno...

 

— ¿Y tú? — preguntó a otro.

 

—Yo no conozco a nadie...

 

— ¿Y por qué te viniste para acá?

 

—Porque no tengo dónde vivir con mi mujer y los chiquillos...

 

— ¡No, te viniste porque aquí son mejores los terrenos!

 

— Claro que son mejores, porque yo no tengo ninguno.

 

El oficial frunció el ceño. Sin decir más, se dirigió hacia un grupo de mujeres que discutían con otro carabinero.

 

—Mejor es que se vayan — increpaba el policía. — No hagan política.

—Hace tres años que la CORVI nos tramita. Eso es hacer política. — Respondió secamente una mujer.

 

El oficial, haciendo a un lado al carabinero, se mezcló en la discusión.

 

—Nosotros tampoco tenemos dónde vivir.

 

—Entonces deben comprender mejor nuestro sufrimiento.

 

—El gobierno hace lo posible por darles casa.

 

    El señor Frei nos prometió casas y seguimos viviendo de allegados.

 

El oficial miró al policía y, haciendo una seña, se retiró seguido de sus subordinados. Los sin casa les observaron alejarse por unos segundos. Después, con una mirada de complicidad, siguieron su tarea de armar el campamento.

 

 

*  *  *

 

 

Eran ya las seis y media de la madrugada. El frío era intenso. Los pobladores, arropados con frazadas, esperaban tranquilos el amanecer. Rodeados por fuerzas policiales estaban en silencio y absoluto orden. Algunos parlamentarios se habían dirigido al Ministerio del Interior a gestionar con el gobierno; otros fueron a la tenencia Roosevelt a tramitar las gestiones de libertad de los sin casa que habían sido apresados. María Maluenda y Laura Allende solicitaban la liberación de los detenidos, pero el inflexible oficial a cargo de la tenencia se negaba tozudamente.

 

— ¿No querían jugar a la toma de sitios? — decía. — Ahí tienen las consecuencias.

 

—Para ellos no es un juego — respondió María. — Lo han hecho por la necesidad de tener un techo propio.

 

—Piense en esos niños que acompañan a sus padres… — decía Laura.

 

—Por favor — pedía una mujer, — entréguenos la ropa de cama que está en los carretones pa’ tapar a mi cabro chico que está muerto de frío.

 

El oficial guardó silencio; sin decir nada, continuó escribiendo.

 

Eugenia Gorbina se acercó a los reporteros de El Siglo que habían acompañado a las parlamentarias y que conversaban con un poblador.

 

— ¿De dónde vienen ustedes? —preguntó el reportero.

 

—Nosotros casi todos somos de la población El Peumo y Las Casas. Allá la mayoría vive de allegado, por eso es que queríamos un sitiecito. Usted sabe, que no hay como vivir en lo propio.

 

—Pero, ¿qué sacaron con tratar de ir, si los tomaron presos?

 

—Esto no es nada — respondió Eugenia Gorbina. — Yo sé que tengo que luchar de esta manera para tener un terreno, porque no tengo plata. A mí me habrán tomado presa, pero a otros no.

 

* * *

 

 

En la toma, mientras tanto, entre la niebla que había bajado nuevamente, se recortó una amenazante caravana. Eran alrededor de doce vehículos de la prefectura central, llenos de carabineros armados como para una guerra.

 

La caravana se detuvo. El primero en bajar fue el coronel Sergio Rodríguez. La orden de desembarcar fue dada; rápidamente los efectivos cumplieron coor­dinadamente. Los gritos de formación y tomar posiciones inquietaban a la multitud que, a pesar de todo, no perdía la serenidad. Instintivamente las madres abrazaron a sus hijos y alguien comenzó a cantar la canción nacional. Los demás lo siguieron, entonándola con bravura.

 

— ¡Desalojen inmediatamente el sector, o aténganse a las consecuencias! —comunicó por un megáfono el coronel, después que hubo terminado la canción nacional.

 

— ¡Queremos casas! ¡Queremos casas! —…fue la respuesta de los pobla­dores al unísono.

 

La orden de avanzar fue dada. Perfectamente formados, los carabineros procedieron a su “operación sitio”, pero el cordón de pobladores —al grito de tirarse al suelo, efectuado por Juan Araya— detuvo a las fuerzas represivas, que titubearon sin saber qué hacer. No les quedó más que retroceder y esperar una nueva orden. El coronel, con deseos de terminar pronto con el asunto, nueva­mente ordenó proceder con el desalojo. Otra vez avanzaron amenazadoramente. Las mujeres, con sus hijos en brazos, resistieron la nueva arremetida. Algunas cubrieron los entumidos cuerpecitos de sus hijos con la bandera patria. Los carabineros nuevamente vacilaron. Los pobladores los empujaron haciéndolos retroceder; algunos cayeron al canal. Nuevamente no pudieron hacer nada.

 

La furia del coronel Rodríguez se reflejó en su rostro. Comenzó insultando primero a sus subordinados y después a los pobladores.

 

— ¡Desalojen a como dé lugar a estos comunistas muertos de hambre! —ordenó.

 

Algunos carabineros avanzaron con sus lumas en alto. Hubo forcejeo, la arremetida fue furiosa. Adelina Chávez, con su guagua en brazos, fue apretada entre pobladores y policías, la luma de uno de ellos se movía a diestra y siniestra golpeando cuerpos. Otros comenzaron a destruir las carpas levantadas por los pobladores. En medio de éstas, en una cama, sentada con su guagua en brazos, se encontraba Benigna Zúñiga, una joven de 19 años. Sin contemplaciones, un grupo de carabineros tomó en vilo la cama junto a la joven. Gladys Marín corrió al lugar. Uno de los policías, al verla, lanzó un violento manotazo. La reacción de Gladys no se hizo esperar: le propinó varios puñetazos al carabinero. Los otros funcionarios, al ver lo ocurrido, dejaron a la joven y se retiraron. El carabinero recogió su casco y, cabeza gacha, se alejó.

 

En el interior de una carpa hervía una tetera. A su lado dormía una pequeña de tres años, Jeannette Tapia. Afuera, carabineros arrasaron con la improvisada vivienda, volcando la tetera. Los llantos de la pequeña hicieron presagiar una desgracia. Los pobladores, indignados, corrieron a prestar ayuda a la pequeña, que afortunadamente sólo sufrió quemaduras en el muslo derecho.

 

Los ánimos se caldeaban. Los parlamentarios exigían control a las fuerzas represivas, que terminaran con las tropelías de sus efectivos. El coronel Rodríguez ordenó cambiar la táctica por la de convencimiento verbal. Ya tenían a muchos pobladores arrestados en los vehículos, y enseres en los camiones militares. Los carabineros se limitaron a recorrer el sector tratando de convencer a los pobladores.

 

—Es una locura lo que están haciendo —decía un policía a Ovando Araneda. — ¿Por qué no se van para sus casas?

 

— ¡Cómo va a ser una locura! Fíjese mi cabo, que yo soy padre de nueve cabros. Tengo sesenta cuotas CORVI y no tengo pa’ cuando me den casa.

 

Ya era cerca de las nueve de la mañana. El bosque de banderas, clavado sobre un pedazo de tierra chilena, seguía en manos de los hombres, mujeres y niños. Aun cuando una parte de los pobladores había sido obligada a abandonar el “campo de batalla”, más de la mitad se mantenía en su Sitio, sin moverse.

 

Las horas seguían pasando. La policía se había retirado, pero mantenía el cerco del campamento.

 

* * *

 

 

En el Ministerio del Interior, en tanto, el senador Dr. Salvador Allende, junto a otros parlamentarios del FRAP, exigían solución al problema de los sin casa de Barrancas. De este mismo Ministerio había salido la orden de desalojo por cualquier medio. El ministro del Interior manifestaba a los parlamentarios que hacía lo posible por dar solución al problema, pero la condición era que los pobladores deberían salir.

 

En horas de la tarde, la intendencia de Santiago entregó una declaración en que responsabilizaba, a los parlamentarios del FRAP, de ser causantes de los hechos ocurridos.

 

—Resulta muy duro para el intendente de Santiago —declaró— tener que señalar la antipatriótica actitud de los parlamentarios que incitan a los pobla­dores a luchar contra sus propios compañeros, a los que engañan con falsas promesas, comprometiéndolos en riesgos que ellos no afrontan, ya que se escudan en su fuero para no sufrir las consecuencias de las acciones, las que sí deben encarar los pobladores que son arrastrados en esta aventura.

 

Señalaba más adelante que, los terrenos estaban destinados a los habitantes de la población Colo Colo y a otros de las riberas del río Mapocho.

 

Bernardo Leighton, ministro del Interior, declaró al día siguiente que el gobierno no intervendría en la solución del problema creado en la comuna de Barrancas, por cuanto había sido artificialmente preparado.

 

—El gobierno no ha buscado este problema —dijo— y, por lo tanto, quienes se tomaron los terrenos deberán resolverlo.

 

Terminó diciendo a la prensa que, se atenía a los conceptos emitidos por el intendente de Santiago en su declaración del día anterior. Pero horas después, el subsecretario del Interior, Enrique Krauss, reconoció que los sitios que se habían tomado los pobladores en Barrancas, no eran los mismos que habían sido asignados a los de la población Colo Colo.

 

Con esto quedaba demostrado que el gobierno tenía el propósito de desviar la atención del verdadero problema, la falta de viviendas, acusando a los pobladores de querer apoderarse de terrenos prometidos a otros, para así dividir y poner en contra a la misma población.

 

* * *

 

 

En el campamento, entretanto, el Cuerpo de Bomberos de Barrancas, al mando del comandante Barrera, proveía de agua a los pobladores; además, llevaban a los niños enfermos a la posta, ya que muchos habían contraído diarreas agudas y gastritis. Otros niños sufrían afecciones a las vías respirato­rias. Una enfermera del organismo encargado de salud, se comunicó con funcionarios de la posta Roberto del Río y los niños fueron llevados en ambulancia al hospital.

 

La solidaridad comenzó a manifestarse de diferentes formas. Llegaron es­tudiantes universitarios de Arquitectura y otras facultades a cooperar con la toma; instalaron dos letrinas y organizaron un poco mejor los espacios y las carpas, dejando tiendas para enfermería, oficina de reclamos, depósito de víveres y una, para el comando ejecutivo del campamento.

 

Gran parte de los pobladores estaba cesante; por lo tanto, se hicieron colectas para comprar medicinas. También se establecieron las juntas de vigilancia para impedir incendios, hurtos, riñas. Con responsabilidad y disci­plina comenzó a funcionar un gobierno vecinal en el campamento, prohibiendo el acceso de ebrios y la entrada de alcohol. Como no se hacían ollas comunes, decidieron prestar mayor ayuda a los cesantes y a quienes perdieron sus enseres en el combate con carabineros.

 

Los regidores —en una reunión junto al alcalde, dirigentes de la toma y la diputada Gladys Marín— comprometieron a Enrique Krauss para conceder fa­cilidades en el abastecimiento de agua y alimentos. Después de la reunión, por la tarde, el Ministerio del Interior dio las instrucciones respectivas a carabineros, mientras la Ilustre Municipalidad de Barrancas encontraba una solución al problema.

 

 

* * *

 

 

Comenzó otra noche en la toma. Había que reponer fuerzas para enfrentar un nuevo día. Algunas carpas eran comunes; los hombres se recostaban a un lado y las mujeres al otro costado de la carpa, se apagaban los chonchones y las sombras cubrían el campamento de los sin casa que se expandía entre los áridos montículos. Con la claridad de la mañana se distinguían los cuerpos cobijados bajo las frazadas, pero ya no separados los hombres de las mujeres, sino por parejas, abrazadas y sonrientes.

La ayuda y solidaridad continuaba; comenzaron a funcionar las comisiones de reclamos, las comisiones encargadas de encuestar a las familias, anotaban en un simple cuaderno escolar los nombres de los esposos presos, acusados de usurpación de tierras, la condición laboral y el número de hijos.

 

Los parlamentarios representantes del pueblo, vigilaban incansablemente el desarrollo de la situación. La pequeña Gladys, el pampino Víctor, la esbelta Laurita, no abandonaban a los sufridos ciudadanos sin casa.

 

Los universitarios estaban nuevamente allí; traían leche en polvo y chocolate o cacao. Organizaban comités de estudiantes y pobladores, discutían la posibilidad de un plan de autoconstrucción con trabajo voluntario por parte de pobladores, estudiantes de Arquitec­tura y Construcción Civil.

 

La idea era buena. Se hizo un fondo común para comprar madera, clavos y combustibles, pero Carabineros intransigentemente impidió ingresar los materiales.

 

—Son órdenes superiores —indicaron, inmutables.

 

 

*  *  *

 

 

Adelina Chávez estaba preocupada. Herminda, su guagüita, no dejaba de llorar.

 

—Oye, Pedro, no sé que tiene la guagua —comentó. — Parece que está re’ enferma… ella nunca llora tanto.

 

—Y por que no la llevai a la posta.

 

—Me voy a conseguir plata pa’ llevarla a la Posta tres.

 

Por la tarde Herminda se había agravado. Adelina partió con ella a la posta. Llegó a calle Chacabuco, la criatura respiraba mal.

 

— ¿Qué previsión tiene señora? —preguntó la enfermera de recepción en la posta.

 

—No tengo ninguna, señorita.

 

—Entonces tiene que pagar seis mil pesos.

 

—Tampoco tengo plata, pero mi guagüita está muy grave.

 

—Lo siento señora, pero sin dinero para pagar no se puede atender.

 

Adelina regresó al campamento. Angustiada, veía como su pequeña respiraba mal y no ingería líquido. Se sentía impotente.

 

Las horas pasaban, oscurecía, era alrededor de las ocho, y Adelina, desesperada, partió esta vez al hospital, al San Juan de Dios ubicado en la calle Matucana. Allí la atendieron, pero ya era demasiado tarde.

 

Entretanto, Pedro Álvarez estaba preocupado. Adelina no llegaba.

 

—Ya son más de las nueve —pensaba. — ¿Le habrá pasado algo?

 

Cuando Adelina llegó sola, él pensó lo peor. Las lágrimas que ella derramaba, fueron la respuesta que Pedro recibió. El desconsuelo se compartió en un largo abrazo lleno de impotencia y dolor ahogado en sollosos.

 

Al día siguiente, partieron temprano a la morgue del hospital y comenzó el calvario. Los desventurados padres no conseguían recuperar el cadáver de la niña.

 

—No se la puedo entregar, porque no está inscrita en el civil —fue la respuesta que recibieron.

 

Tuvieron que efectuar todo un trámite burocrático de inscripción y poste­rior defunción, para recibir un certificado, el cual cambiaron por el cadáver de Herminda. Un simple papel era más importante que el dolor de los desposeídos… los parias, los pobladores sin casa.

 

Por calle San Pablo, desde el campamento partió el cortejo. Eran las cuatro y media de la tarde. En silencio y con profundo pesar que se reflejaba en los rostros de todos los que acompañaban a Pedro y Adelina. Seguían caminando tras el pequeño ataúd blanco. Iba una columna de más de treinta mujeres de los sin casa. numerosos familiares de éstos y pobladores de diversas comunas, encabezados por la diputada Gladys Marín, los dirigentes comunistas Lorenzo de la Maza, Elena González y Rodolfo Vivanco, además de Juan Araya, Hugo Castillo y otros dirigentes de los pobladores; completando más de dos cuadras.

 

Laura Allende se había adelantado al Cementerio para realizar los trámites del entierro, y en las proximidades se incorporó a la marcha fúnebre.

 

El pequeño ataúd fue dejado al borde de la fosa. A nombre de los pobladores habló Juan Araya:

 

—Lo más importante es la heroica lucha que se ha dado por obtener una vivienda o un sitio donde vivir con dignidad. Los pobladores entregamos nuestro pesar a Pedro y Adelina, pidiéndoles que no desmayen, porque Her­minda de la Victoria Alvarez se convertirá en un símbolo de la lucha de todos los sin casa de Barrancas por lograr la solución a su problema habitacional frente a la incapacidad de este gobierno.

 

Después lentamente, mientras el sol se escondía discretamente entre las nubes, sobre la cordillera de la costa, los asistentes y pobladores se fueron retirando, dejando tras de si la soledad y el duelo del campo santo. Entre los rojizos anaranjados que pintaban los arrabales en el cielo del oeste, se dibujaban esas grises sombras de las cruces y lapidas, que coronaban el Cementerio de Barrancas, donde Pedro y Adelina se retiraban pausadamente del lugar en recogimiento, justo en momentos en que el cuidador procedía a cerrar las rejas de la entrada.

 

 

*  *  *

 

 

El tiempo siguió su marcha, comenzó otro día. Los rostros estaban dema­crados por la vigilia, por la tensión y la incomodidad, pero había alegría y confianza. Una confianza tremenda en la fuerza de la unidad.

 

Los reporteros de El Siglo continuaban con su incansable labor de informar, denunciando el drama de los sin casa. Día a día estaban en el campamento, reporteando.

 

—No me importa sufrir y pasar frío —les decía una pobladora—. Todo sea por un bienestar pa’ mis cuatro hijos. Que mis pájaras no pasen más noches de miedo, como cuando llega borracho el que nos arrienda, nos insulta y nos provoca. Nos quedaremos aquí mientras nos entreguen un pedacito de terreno donde levantar nuestro ranchito.

 

En el Ministerio del Interior, entretanto, Volodia Teitelboim junto a Gladys Marín y Laura Allende, se reunían con Bernardo Leighton, pidiéndole solución al problema del campamento Herminda de la Victoria, donde los pobladores llevaban ya una semana cercados por Carabineros.

 

—Autorice a esas familias para ubicarse transitoriamente en esos terrenos. —solicitaba Volodia.

 

—Vuelvo a insistir en que esos terrenos están destinados a viviendas —respondió el ministro.

 

Gladys extendió un plano con el timbre de la Dirección de Obras de Barrancas.

 

—Aquí está —dijo Gladys—. De acuerdo al plan regulador de la Munici­palidad de Barrancas, la zona donde los pobladores se encuentran está señalada como área industrial.

 

—Está bien; el gobierno no hará cuestión de que se queden ahí mismo, pero sin ocupar más terreno.

 

Para buscar una solución al problema, los parlamentarios comprometieron al ministro a realizar una encuesta de las familias del campamento.

 

—Suponemos que la encuesta permitirá levantar el cerco policial que se tiene sobre el campamento —insistió Volodia—. El cambio de comandantes en cada turno hace generalmente surgir problemas para el movimiento de pobla­dores.

 

—Hay órdenes precisas a Carabineros para que colaboren en la solución de los problemas —señaló Leighton—. El gobierno no está interesado de ninguna manera en que esto se agudice.

 

La Municipalidad nos indicó cuatro terrenos en los cuales se podrían ubicar estas familias —señaló Gladys, — pero la Corporación no tiene recursos para hacerlo. Además su situación presupuestaria es tan grave, que los obreros municipales recibieron su salario con 18 días de atraso.

 

—No tenemos inconveniente en estudiar un aporte del Ministerio a la Mu­nicipalidad de Barrancas para que pueda solucionar sus problemas —terminó diciendo el Ministro.

 

El tiempo siguió pasando. El hacinamiento y la miseria no impedían que la vida continuara. Así como la muerte se llevó a Herminda, también se llevó a otro niño y a un jefe de hogar, pero habían nacido otros también. Había pasado un mes, los parlamentarios del pueblo no descansaban en su objetivo de obtener condiciones dignas para los pobladores. El Ministerio del Interior aceptó comprar terrenos, siempre que los pobladores aportaran el 70 por ciento de su valor. El Servicio Nacional de Salud se responsabilizaría de las condiciones sanitarias. Eran sólo proyectos para la solución.

 

La organización y la lucha de los pobladores no cesaban. Faltaba mucho por hacer.

 

En la oficina del campamento, Juan Araya redactó una declaración que esperaban los reporteros de El Siglo. En la entrada de la carpa apareció Antonio Faúndez. De la mano hizo pasar a Sara, que entró con la vergüenza propia de sus 16 años.

 

—Compañero Juan. Venimos a inscribirnos porque querimos casamos.

 

—Qué bueno —contestó Juan, dejando de escribir—. ¿Y cuándo quieren casarse?

 

—El miércoles, los cuatro, porque mi hermana también está afuera con el Manolo esperando pa’ inscribirse.

 

—Listo... los vamos a ayudar a sacar sus papeles y carné de identidad —dijo Juan Araya y comenzó a anotarlos.

 

La noticia del casamiento doble en el campamento se propagó rápidamente. No pasó un cuarto de hora cuando llegó otra pareja y luego la cuarta, que también quería casarse.

 

 

El día miércoles llegó casi volando. Se organizó una fiesta, dentro de las precarias condiciones en que vivían los pobladores. Su solidaridad tuvo este día oportunidad de expresarse; se consiguieron víveres y el conjunto folclórico del campamento se preocupó de la música.

 

Los novios, vistiendo sus mejores trajes, dejaron a sus niños con otros po­bladores, y acompañados de los dirigentes, como testigos, se encaminaron al Registro Civil. Rato después, allí estaban, en una estrecha sala. El único mueble era un escritorio y su respectiva silla.

 

Los novios, de pie junto a los testigos, escuchaban alegremente.

 

—Manuel González Lunsdted, ¿acepta usted por esposa a María Faúndez Carvajal?

 

—Sí —contestó Manuel— la acepto.

 

 

 

*  *  *

 

 

A mediados del mes de mayo, en una fría tarde, el invierno comenzó a hacerse notar. Negras nubes se movían desde el suroeste cubriendo el cielo de Santiago; el viento sur comenzó a soplar con fuerza; muchas carpas fueron arrasadas; de las casetas que se había logrado levantar salieron volando los techos, las fonolas, los cartones. El viento dio paso a la lluvia; la dura tierra comenzó a transformarse en barro gredoso, la tierra se ablandó y algunas mejoras se desplomaron. Las madres, cubriendo a sus hijos, buscaban refugio en otras casetas. Los hombres, empapados, colocaban fonolas, cartones, géneros, lo que sirviera para protegerse del agua. Llegó la noche; el agua no dejaba de caer. Hacinados alrededor de un brasero, cuatro y hasta cinco familias por caseta, buscaban donde descansar.

 

El barro se escurría entre las carpas, entre las mejoras, bajo las camas; llegaba al canal que subía su nivel de aguas chocolateadas, amenazando con desbordarse. Ahí estaban nuevamente los hombres, cavando con sus palas y reforzando con barro y piedras los posibles lugares de desbordes.

 

La noche se fue y también la lluvia; sólo quedó el barro y los enseres mojados, junto a la consternación de todos. Un pálido sol se insinuaba sobre las ranchitas de cartón, latas, madera cubierta por trozos de bolsas plásticas, sábanas o banderas.

 

En la carpa del comité había mucha gente reunida. Había que estudiar el traslado de los niños. María Maluenda llegó al campamento; sus zapatos se pegaban en el barro. Invitada a la presidencia del mitin, se acercó a Juan Araya, que comenzó a hablarles a los pobladores.

 

—Anoche, con la lluvia, fue una noche de perros. — Dijo el Dirigente. — Nosotros, los adultos, podemos aguantar, pero no los niños... Así es que tendremos que evacuarlos. Los centros de madres de Barrancas, como los de la población Neptuno, se preocuparán de ellos, — agregó — incluso de su alimentación.

 

Hubo un murmullo entre los pobladores; había que decidirlo.

 

—Las madres son las que tienen que decidir si quieren que sus hijos sean evacuados —dijo otro dirigente.

 

La respuesta fue un solo y rotundo no. Alguien comenzó a entonar el himno de la población:

 

    Somos los sin casa de esta población, luchamos sin descanso por una habitación.

Los demás, entre lágrimas, lo acompañaron.

     Por eso compañeros hagamos la unidad, de todos los sin casa del campo y la ciudad.

 

Maria Maluenda y Juan Araya conmovidos, intentaron convencer a las madres de la necesidad de evacuar a los niños. Cuatro microbuses de carabineros los esperaban para trasladarlos al centro comunitario.

Al final, las pobladoras aceptaron.

 

En total, 178 niños fueron evacuados, en medio de las lágrimas de sus madres y hermanos.

 

La actitud oficial fue cambiando paulatinamente. Se Llegó a acuerdos y se tomaron ciertas medidas, pero lo cierto es que la situación se dilataba.

 

Las promesas del Ministerio del Interior frente a la ayuda que prestaría el Servicio Nacional de Salud, no se cumplieron. Incluso en la posta se negó la atención a mucha gente. Sin embargo, el improvisado policlínico del cam­pamento no dejaba de atender. Los ocho voluntarios trabajaban gratuitamente. Diariamente llegaban cerca de 140 enfermos de diarrea, bronquitis, bronco­neumonía; eran principalmente niños.

 

Después de dos meses de tramitaciones, los pobladores de Barrancas fueron recibidos por el ministro de Vivienda. La reunión duró cerca de dos horas. Los pobladores habían conseguido —a través de la FECH— la suma de 50.000 escudos,(3) para la compra de los terrenos de la sucesión Hermanos Cifuentes, y el ministro Hamilton debía darle una redacción definitiva al compromiso de adquisición.

 

Por la diferencia del valor, los pobladores se comprometieron a cancelar una cuota mensual de 30 escudos, que se reajustaría al año siguiente, termi­nando de pagar en tres años. Los cobros individuales se harían a través de la caja recaudadora de la CORVI, ubicada en la población Roosevelt.

 

Hamilton ofreció buscar él mismo los recursos para cubrir los veinte millones de pesos que faltaban para pagar el pie inicial de compra.

—Existen posibilidades de que los pobladores sean posteriormente incor­porados a los planes de construcción de viviendas del gobierno. —terminó diciendo Hamilton a la prensa.

 

De esta forma, las familias que libraron una heroica lucha por obtener los terrenos, lograron su anhelo. Herminda de la Victoria fue y sigue siendo un hito importante en la historia del pueblo, una victoria más entre tantas, por la dignidad… un ejemplo de lucha y esfuerzo para las nuevas generaciones que han nacido en terrenos de antiguas tomas en Las Barrancas, hoy comunas de Pudahuel, Lo Prado y Cerro Navia.

 


 

 

Dedicatoria:

 

 

Dedicado a los pobres del campo y la ciudad.

A los pobladores, ciudadanos comunes que día a día hacen la historia. Esas personas anónimas, que con su esfuerzo diario van construyendo ciudad.

A las madres, mujeres luchadoras que día a día hacen lo imposible en este mundo egoísta, por crear familia y mantener el hogar y a sus hijos… con sus historias y vivencias que van formando lugares comunes.

A los Dirigentes de las organizaciones poblacionales, los que ya no están, que se entregaron permanentemente a costa de sus familias, de su tranquilidad… sacrificando su propio bienestar por ayudar a otros, sin obtener otra recompensa mas que la desidia, la denotación a veces, y un reconocimiento efímero, pero incomprendido muchas veces, por jugarse en un sacrificio altruista, en esta sociedad individualista.

A mi compañera… que ha compartido conmigo alegrías y tristezas. Que sigue acompañándome en esta travesía que marca el otoño de mis días.

A mis amigos, compañeros y camaradas que comparten mi utopía.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Sueño Conquistado

 

Apuntes bibliográficos:

1) Revista “Punto Final”  primera quincena de noviembre, 1967.

 

2) Encuesta solicitada por el ministro de la vivienda Juan Hamilton en 1967.

 

3) Antecedentes proporcionados por el dirigente Juan Araya en el año 1987. Esta suma correspondía al aporte de los pobladores para la compra del terreno.

 

 

 

 

 

Datos de la primera edición:

 

Ejemplar Digital

Varios Autores

Constructores de Ciudad

Nueve historias del primer concurso de “Historia de las poblaciones”.

Santiago Chile. Ediciones SUR, 1989

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Estudios Históricos y Sociales

Web sitiosur.cl

Catálogo de publicaciones

PDF Constructores de Ciudad

 

 

Segunda Edición:

 

Derechos de Autor: Gustavo Paredes Villagra

Publicado en:  www.amazon.com

Año 2017

 

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