Una Pesada Carga

 

 MIERCOLES

 


 

La pesada carga

 

 

 

Esa madrugada del día miércoles, estaba fresca. Era el final de un invierno frío y nuevamente la primavera comenzaba a mostrar su luminosidad sobre la Cordillera de Los Andes.

Yo, vestía de civil y preparaba los elementos que conformaban el escaso “cargo militar”, para entregarlos en el almacén de material de guerra, revisando que no me faltaran prendas ni utensilios, puesto que serían descontados del paupérrimo pago final, correspondiente a mi retiro del servicio militar… el largo periodo de enclaustramiento había terminado por fin y, la libertad, se presentaba con incertidumbre frente al día a día que se asomaba por delante.

Un incierto futuro llegaba con el sol de la mañana.

 

La vorágine inicial se volvió taciturna, ante la burocrática gestión del “licenciamiento”, sujeto a la condición de “soldado reservista” que entregaba el Régimen Militar, condición civil para mantener el control social sobre los jóvenes que salíamos de la burbuja ideológica castrense.

Una gran mayoría de estos jóvenes salían convencidos que Chile estaba dividido en dos… los “buenos”, civiles y militares que habían ganado la guerra salvando a la Nación del comunismo soviético; y los “malos”, los pobladores de las callampas, de los campamentos, los campesinos y trabajadores de izquierda, socialistas, comunistas y miristas… el enemigo interno que, quería destruir la sociedad cristiana occidental.

 

Por fin llegaba el momento de la libertad.

Mientras cruzaba el portal del cuartel, dejaba atrás una parte negra de mi vida, un interminable periodo de temor, estrés, desconfianza y, el hecho de sobrevivir en ascuas… había sentido un permanente desasosiego, esperando cada día, el momento de esa orden criminal que haría cuestionar mis valores cristianos… ¿estaba preparado para afrontarlo? Yo creía que si, y ese día, como diría mi madre catequista, seguramente hubiese sido el martirio de Cristo, el final de mi vida… ¿pondría la otra mejilla? el momento lo definiría, defenderme o morir. Estaba dispuesto, si llegaba esa orden, a volver mi fusil contra el oficial que la diera y esperaría, apelando a la conciencia perneada de los cofrades, esos soldados que habían sufrido conmigo, la respuesta a la insubordinación… Afortunadamente esa hora no llego, me las arregle para evitarla, sin saber como.

 

Crucé la avenida sin rumbo inicial, solo pensaba en alejarme lo más posible. Me interne por esas lánguidas callejuelas y lúgubres pasajes poblacionales, del noreste de Santiago; barrios desconocidos de las rondas militares. Camine ávido de ver lo que no había observado en meses, hasta que me interrumpió una muralla en aquel callejón sin salida… Quede mirando el muro al fondo, pintado con letras presurosas, etéreas y disformes, un graffiti que rezaba “únete a la resistencia”, escrito pintarrajeado junto a un gran círculo con una “R” en el centro.

 

Pasaron los primeros días de libertad… abrace a mi madre todos los días, como disculpándome por el largo tiempo sin hacerlo, converse mucho con mi padre y hermano, regrese a la Capilla de la población los domingos, visite a los amigos, familiares y me emborrache más de un par de veces, en nocturnas conversaciones de “toque de queda” que no nos dejaba salir hasta la madrugada. En uno de esos encuentros sociales con amigos de la Capilla, que era donde, con la venia del Cardenal Silva Henríquez, se podía conversar de la situación nacional y “criticar” al régimen, tuve una conversación privada con el joven compañero Pancho…

 Acepto la invitación… -  le indique pausadamente.

 ¿Qué invitación? – respondió sorprendido.

– Quiero unirme a la resistencia… - Agregué, ante la mirada atónita y sorprendida del amigo, que al parecer se sintió descubierto. Trató de convencerme que yo hacia conjeturas apresuradas y que él, no tenia ninguna relación con grupos políticos opositores y clandestinos. Me encargue de dejarle claro que la decisión no era antojadiza, que mi experiencia militar podría servir para abrir espacios político-sociales y ganar conciencias para la autodefensa y la lucha de masas contra el régimen. Finalmente le deje abierta la puerta para, si por casualidad, el conocía algún amigo que militara en clandestinidad, me contactara para reclutarme. No dijo nada al respecto, ni esa noche, ni las siguientes.

 

Pasaron los meses…

La Capilla de la Población, era en ese momento, el lugar que remplazaba en lo social a la Junta de Vecinos, organización legal dependiente de los municipios que, el régimen, había dejado seguir funcionando como otra forma de control político social, pero con nuevos dirigentes… con un directorio designado por los Alcaldes, que también eran nombrados a “dedo” por la Junta Militar… Era la imagen de “participación democrática” que proyectaba la Dictadura de los cuatro generales traidores y golpistas.

 

En la Comunidad Cristiana, producto en ese momento definido por la jerarquía eclesiástica, del Compromiso Social de la Iglesia Católica con los perseguidos y los mas desposeídos, conocí a las jovencitas de las “Colonias Urbanas Populares”, amigas de Cecilia… la joven vecina de cara angelical, que tuvo a su padre detenido desaparecido por algunos meses, por haber sido sindicalista de la fabrica Hirmas y que, ahora, era un alcohólico trabajador del POJH, “Programa para Jefes de Hogar” del municipio; un proyecto de empleo mínimo creado por la Dictadura, para “palear” en parte, la crisis económica bancaria de los años 80...  Literalmente palear, porque los trabajadores del programa de empleo mínimo, PEM y del POJH, trabajaban con el chuzo y la pala, cavando hoyos y moviendo tierra en las calles y plazas de las poblaciones.

 

A Cecilia, le ayudaba en la Biblioteca de la Capilla y la acompañaba, los fines de semana, a reuniones de coordinación para las Colonias Urbanas Populares de Pudahuel Norte, organización semi pastoral de ayuda infantil, compuesta por voluntarios y voluntarias del sector, que era apadrinado por el “Curita Antonio”, un Clérigo religioso de la Congregación Preciosa Sangre y el cual, a causa de mi constante presencia y acompañamiento, me invito a participar de las reuniones.

 

En las Colonias Urbanas, se formaba como Monitores de recreación infantil, a los jóvenes y jovencitas de escasos recursos. Les enseñaban juegos y cantos, junto a algunos talleres con algo de contenido social, planeación similar a los juegos enseñados en grupos de Guías y Scout de Chile, organización institucional juvenil de la Asociación Cristiana de Jóvenes YMCA fundada en Chile en el año 1844  y que funcionaba con patrocinio de la “Alianza para el Progreso”, y la USAID una ONG norteamericana que había financiado a la Derecha y al Centro político, para transmitir la ideología del “estilo de vida americano”. En las Colonias también se promovía a algunos, jóvenes y jovencitas, como coordinadores de grupo, aquellos que eran considerados los más conscientes de la problemática social del momento, citándolos a talleres de planificación, gestión, comunicación y liderazgo, junto a temas de la problemática social.

 – Es una buena instancia de trabajo, tanto infantil como juvenil, para crear conciencia… – pensaba mientras participaba en los talleres, con la idea de desarrollar un trabajo contra-ideológico al de la Dictadura Militar, con los jóvenes y niños de las familias vulnerables, en trabajo recreativo y formativo a mediano y largo plazo, que sirviera para un futuro cambio de régimen.

 

Así pasaron los meses, hasta que un día, el compañero Pancho me entrego una caja de cigarrillos, susurrando una recomendación…

– Antes de fumar, revisa que el tabaco esté bueno. – Y dándome, un golpecito en la espalda, se alejó.

 

No hubo preguntas de mi parte, tampoco inquietud o sorpresa. Revise la caja, estaba normal y tome los cigarros, apretando suavemente con los dedos fui sacando el tabaco, uno por uno, hasta encontrar en su interior un pequeño papel… una dirección, la hora, una condición, un santo y seña.

Era el primer contacto con “la Resistencia”.

 

El día del punto de encuentro clandestino, llegó.

Me desplace a la zona sur de Santiago, hasta Departamental. Llegue antes de la hora acordada, para seguridad y reconocer el lugar, tratando de detectar algo sospechoso o movimientos de algún “civil” o elemento represivo en vigilancia de la zona. Todo parecía tranquilo.

 

Los minutos pasaban lentamente. Ya, un minuto antes de la hora, me encamine por Gran Avenida hacia el norte y me detuve en el paradero indicado, con la condición que me identificaba a la vista. Un joven desgarbado, llego también desde el sur, mirándome se acercó para hacerme la pregunta de rigor y, ante la confirmación, me invito a caminar rumbo al centro de la ciudad. Me explico que sería mi contacto y desarrollaríamos trabajo en propaganda clandestina… la caminata se alargo entre ideas y propuestas, hasta la zona de Franklin. Debíamos idear acciones audaces, que causaran impacto mediático, para contrarrestar el cerco informativo institucional y que, a pesar de la situación represiva, corriésemos el menor riesgo posible… Quedamos de juntarnos otro día, para hacer propuestas de acción. Acordamos la nueva condición de seguridad o de repliegue, en momentos que llegábamos a la Avenida Matta ya entrada la tarde.

 

Los días fueron pasando, uno tras otro, entre el trabajo, la Capilla y la casa familiar.

En los encuentros de puntos posteriores, repitiendo las medidas de seguridad, de chequeo y contra chequeo, acotamos un par de ideas sobre elevar volantines y cometas, con consignas contra la Dictadura y cortarlos en el aire, para que se esparcieran por Santiago, como también, realizar acciones mas arriesgadas e introducirse en un corral de estacionamiento, del transporte público y pintar con consignas, todos los buses de locomoción colectiva, o desplegar lienzos con mensajes, desde las azoteas, en edificios públicos. En cuanto a compartimentación, era necesario mantener un bajo perfil social y una recomendación principal para esto, era no trabajar ni ser voluntario en organizaciones sociales públicas, como las Colonias Urbanas Populares.

 

Las ideas surgían… muchas de ellas requerían de apoyo armado, por lo que eran derivadas a orgánicas preparadas para esas acciones.

En una entrevista de trabajo, para una Empresa Constructora, encontré en el Centro de Santiago un edificio en la intersección de calle Huérfanos con Bandera, que en el piso doce, tenia un departamento para arriendo y que, además, la puerta principal no tenia chapa y sus ventanas daban hacia el norte sobre los tribunales de justicia, por lo que se podía entrar sin ser visto. Le presenté la idea al compañero… Era la instancia precisa para descolgar un lienzo, acusando a la justicia de ser cómplice de la Dictadura en violaciones a los derechos humanos y tras una planificación, junto al seguimiento de las condiciones del lugar y la preparación del lienzo, todo estaba listo.

 

En la mañana del día definido, llegue al punto acordado para encaminarnos a la acción. Paso la hora definida y el compañero no llegó… me alejé del punto, pensando que algo le había pasado, encaminándome por la calle compañía hacia los tribunales me di cuenta de la razón de la ausencia… El lienzo acusador, blandía encarando a la Corte Suprema de su ignominiosa complicidad con la violación a los Derechos Humanos, por parte de la Dictadura. La acción se había adelantado, posiblemente durante la noche y realizado sin mi presencia, con otros compañeros, tal vez para protegerme de las posibles condiciones de inseguridad que presentaba la acción.

 

Esperé un tiempo, para retomar el contacto con el compañero.

El barretín mensaje, con el punto de encuentro esperado, no llegó… Así, estuve descolgado varios meses, a la espera de la información correspondiente, hasta una nueva designación.  

 

A pesar de la recomendación de no hacerlo, contacté nuevamente al compañero Pancho, como enlace para un nuevo contacto. No exigí explicaciones, solo le demostré que no estaba “quemado” ni “marcado”, junto a mi disposición para trabajar incluso en propaganda armada, puesto que mi experiencia militar podía servir mucho más en acciones de riesgo mayor o confrontación con aparatos represivos.

 

El día de entrega del barretín con la información de un nuevo punto y hora, tardo varias semanas. Venia condicionado a tres posibles encuentros, pero solo en uno de ellos se efectuaría el contacto, si pasaban los tres y no se hacía contacto, se entregaría otro punto para un nuevo encuentro con otro enlace, Pancho ya no podía participar nunca más, como contacto o enlace.

 

Me presente al primer punto, en el Centro de Santiago. Cumpliendo con la condición, espere solo cinco minutos al contacto, con el santo y seña que se requería para ese encuentro. No hubo contacto.

El segundo punto fue en la avenida Recoleta, en una calle que daba al Mercado de abastos y hortalizas. La condición era recorrer las bodegas hacia el oeste con un pañuelo rosado y un periódico en la mano izquierda, un pordiosero en harapos, que caminaba hacia mi encuentro mirando al suelo, como buscando algo, me pidió el informativo susurrando el santo y seña; al confirmarlo, me entrego otro barretín indicando un nuevo punto. Debía de inmediato, dirigirme al norte por avenida La Paz, para contactar al “cuadro político militar” encargado, que esperaría en la esquina sur del Hospital Psiquiátrico con otra condición y un nuevo santo y seña.

El contacto se realizo y en un breve desplazamiento, recibí las indicaciones para el próximo encuentro, consultándome si contaba con armamento. La respuesta, sea cual fuera, debería darse el próximo punto, junto con la exigencia de planificar la manera de conseguir un arma, si no contaba con ella.

 

En el pequeño taller de fundición de mi Padre, teníamos una pistola calibre 22 que él había encontrado en nuestro antejardín, al parecer tirada en ese lugar por algún delincuente que se “descargo”, en alguna huida de la policía o militares. A esta arma, se le había quebrado el percutor y producto de mis conocimientos al respecto, le pedí a un amigo de un taller mecánico de torno y freza, que hiciera la pieza. En el encuentro siguiente, le comente al compañero del grupo que todavía no conocía, del plan iniciado para lograr tener el arma en condiciones de operatividad, por lo que, junto con la planificación de una próxima acción de propaganda armada, quedamos de acuerdo en llevar la pistola, una vez terminada, para adjuntarla al armamento del grupo de resistencia.

 

En el siguiente encuentro, que se realizo en calle Zapadores, caminamos por el sector hasta una casa de seguridad donde se realizo la entrega del arma, para guardarla en un barretín junto a la munición, con el fin de usarla solo en la acción que se definiera y planificara. La próxima misión que se me encomendó, aprovechando el taller de mi Padre, fue la preparación de “miguelitos” de dos puntas, confeccionados con clavos de cinco pulgadas, para pinchar las ruedas de los vehículos civiles y policiales. Lógicamente, ante la falta de los elementos necesarios, yo debía proveerme de los materiales para la confección y de buscar la forma de transporte, a la casa de seguridad destinada para logística.

 

Cumplí a cabalidad con la misión “miguelitos”, tres kilos de clavos doblados de manera que siempre quedaban con una punta vertical, miguelitos que fueron depositados en un bolso deportivo, recubierto internamente con cartón para llevarlo “a pulso” en la locomoción colectiva, al próximo punto; acordado realizarlo en calle Recoleta, algunas cuadras al sur de la avenida Vespucio.

En la tarde del día fijado, mientras viajaba en el asiento trasero del microbús, después de haber pasado el Cementerio General, el vehículo fue detenido por una patrulla de la policía uniformada, casi llegando a la avenida Einstein. Dos efectivos policiales subieron al vehículo y comenzaron a revisar a los pasajeros, pidiendo identificación solamente a algunos jóvenes, elegidos al azar y de forma arbitraria. Guarde la compostura, con el bolso a mis pies, esperando lo inevitable… mi identificación la había dejado en casa por medidas de seguridad y ahora, significaba un factor inseguro que, jugaría en mi contra al transportar material comprometedor. El policía, que llego al final del microbús, se paro frente a mi y bajó la vista hasta el bolso, que descansaba en el suelo, inmóvil… contemple impertérrito su rostro, esperando su reacción y el uniformado, me miro un segundo. Todo se detuvo un instante, el calor de la tarde se sintió correr por mis poros en un sudor momentáneo, junto con un pestañeo del guardián, la puerta trasera del vehículo se abrió; el carabinero frunció el seño y dio la vuelta… segundos después, los policías bajaron del autobús y, lentamente, el vehículo de locomoción colectiva retomó su camino.

 

La acción que se definió para la “propaganda armada”, fue el corte de la vía transversal a la población La Pincoya, en el camino Américo Vespucio con avenida Recoleta, un camino de tierra poco transitado y a unas cuadras de un recinto policial encubierto. Era una acción rápida, armada con un par de pistolas y con probabilidades de enfrentarse al pequeño grupo de carabineros del recinto, si reaccionaban para restaurar el transito por Recoleta.

En los encuentros finales, para la preparación logística de la acción, conocí a los otros integrantes del grupo, la mayoría jóvenes púberos, que se iniciaban en las acciones casi sin preparación paramilitar. Consulte al compañero por el armamento disponible, por los planes de contingencia y las posibles alternativas de repliegue si lo planificado como retirada fallaba y el lugar era copado por fuerzas represivas, junto a la definición de las casas alternativas de seguridad, lo que fue descartado por el compañero, aludiendo que eso no ocurriría porque la represión en el sector era deficiente…

 

Mi preocupación fue por la preparación apresurada de la acción, producto que, el compañero era voluntarista, tanto en su actuar y para definir las misiones especificas de los integrantes del grupo. La falta de señales alternativas para cambiar posiciones y definir movimientos individuales, la organización en el copamiento del teatro de operaciones y la forma superficial para realizar el repliegue que, prácticamente era en desbandada y sin planificación táctica, me hacía “ruido” personal.

 

La acción fue realizada, afortunadamente sin contratiempos y la represión policíaca, no apareció en el lugar hasta que la barricada se consumió, dejando un espacio para el flujo vehicular.

Los jóvenes actuaron sin armamento, solo el compañero y yo portamos pistolas calibre 22 con solo un cargador, armas que fueron guardadas en el barretín designado. No hubo evaluación de la acción y la diferencia de opinión, sobre la falta de preparación táctica y logística, provoco un alejamiento de los encuentros entre ambos y el descuelgue total con el grupo de jóvenes, que accionaron sin programar algún tipo de capacitación paramilitar o político formativa, para la compartimentación del grupo.

 

El descuelgue definitivo se produjo de un día para otro. Con el compañero Pancho, no se hablo más del tema y retomé, posteriormente, el voluntariado en las Colonias Urbanas Populares.

Había que hacer algo para despertar conciencias.

 

Eran días peligrosos. La Dictadura, con sus aparatos criminales y represivos, no jugaba, la vida de miles de jóvenes comprometidos, pendía de un hilo.

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