La Misión

 

VIERNES

 




 

 

La Misión

 

 

 

Esa fría tarde de junio del año 1986 me preparaba para salir. Debía cumplir la misión que el partido en clandestinidad me había encomendado, como secretario de la célula en las tareas políticas del “año decisivo” consignado por la Dirección Nacional. Ya habíamos acordado con los compañeros, juntarnos dos horas antes del toque de queda que había decretado el régimen ante las crecientes movilizaciones populares y los asaltos armados a camiones de comida, junto al descubrimiento de las armas en Carrizal Bajo que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez había internado al país en mayo, para enfrentar la Dictadura.

 

Tome el poncho sureño, que me habían regalado familiares de Puerto Montt y la bolsa de “palomas” como denominábamos a los volantes que llamaban a la Protesta nacional de los días 2 y 3 de julio del 86 y por justicia a Parada, Nattino y Guerrero, secuestrados y degollados a fines de marzo del año 85 por la policía dictatorial.

 

Salí a la acera y me detuve un momento. El frío se impregno en mi rostro y enfilé hacia la calle Del Consistorial. Debíamos encontrarnos en la pequeña plazoleta que enfrentaba la entrada del edificio municipal, que había sido construido remplazando a la cancha de fútbol de la población Neptuno, que por años perteneció a la junta de vecinos junto a las oficinas y salón de reuniones, producto de una donación entregada por la “Alianza para el Progreso” de los años 60 y que hoy, gracias a una venta fraudulenta realizada por el “dirigente” impuesto por la Dictadura, ocupaba el Juzgado de Policía Local.

 

Camine con la adrenalina al tope, observando a mi alrededor algo anormal que definiera algún peligro, un auto sospechoso o alguien que no fuera conocido del sector, todo se veía tranquilo y los vecinos seguramente ya se habían encerrado mirando la televisión con los programas misceláneos entregando regalos y premios, que el régimen financiaba para ganar prosélitos que lo siguieran sustentando.

 

Llegué a la esquina frente a la escuela y viré a la derecha, esperando encontrar a algún compañero y nada, no se encontraban en la avenida Del Consistorial y tampoco se veía algún vehículo policial que generalmente se ubicaban frente al juzgado. Caminé hacia la plaza y encontré a Pedro fumando un cigarrillo al costado de un árbol, lo que me tranquilizó.

  ¿Cómo estamos, compa? – susurre a forma de saludo. – ¿Estas solo?

  Acá si… el Mario y el Cesar están en el pasaje a la vuelta. Encontraron material para barricadas que podrían servir en la protesta.

   Ya, vamos para hacerla cortita… debajo del poncho traigo las palomas.

 

Partimos al punto de encuentro en el pasaje. Los otros compañeros se encontraban sentados en un tronco de árbol que había sido cortado recientemente, conversando en voz baja. Nos repartimos los volantes y acordamos salir uno primero delante, para controlar el camino y después, Pedro y yo, encargados de “regar” la zona volanteando hasta media hora antes del toque de queda; el último seria la retaguardia y con un silbido nos alertaría de algún seguimiento.

 

Rodeamos el nuevo edificio municipal hacia la calle Igualdad y desde ahí seguimos hacia Los Membrillos, por donde saldríamos a la avenida Las Torres para volver por calle Vicuña Rosas hacia la población. El volantéo fue rápido y sin contratiempos en el comienzo, pasaban pocos vehículos que hacían detener la faena y seguimos la marcha hasta Vicuña Rosas. Pocos minutos después de enfilar por la esquina y ya, habiendo descargado otro paquete de volantes, sentimos un vehículo detrás que se tan acercaba tan rápidamente que, el compañero de retaguardia no alcanzó a dar la alarma… la premura del momento hizo que mi mano mantuviera el paquete un momento mas, sin soltar la nueva descarga. En menos de un segundo, el vehículo aparece por el costado y se detiene bruscamente abriendo sus puertas traseras, pintadas de forma horizontal bicolor verde y blanco, bajando dos carabineros con sus bastones listos para atacar.

 

Mi nacimiento fue en el día de la marcha preparatoria para las “Glorias del Ejército”. En Alameda, justo cuando pasaban los soldados frente al Hospital San Borja, rumbo al Parque O´Higgins, mi madre pujó y llegué con el llanto atragantado.

Crecí en una población Corvi, la de Neptuno, en los tiempos de Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva…en tiempos de tomas de terrenos organizadas por dirigentes populares formados políticamente al calor de las luchas campesinas, sindicales y por la vivienda.

Estudié en tiempos de reforma educativa, que preparaba obreros en Liceos industriales y empleados técnicos o profesionales que surgían de Liceos Científico Humanistas. El Golpe de Estado cívico militar, me sorprendió jugando ping pong en el pasillo del Liceo de hombres Nº 19, un año antes de terminar Enseñanza Media, dispuesto a defender el gobierno constitucional del compañero Allende.

 

Mi juventud, ávida de participación política, se truncó en “estado de emergencia” entre militares y civiles no identificados, que llegaban a tu casa y te sacaban en toque de queda, para llevarte a “declarar” por meses, como a mi suegro… Muchos no regresarían jamás, se quedarían “por la razón o la fuerza” con “El Cóndor”; o se los llevaría encadenados el Caleuche, hasta el fondo del Pacifico, “ese mar que tranquilo te baña”.

Después de mi largo y estresante servicio militar, conviviendo con los verdugos y sanguinarios defensores de “la Republica”, que pregonaban hacerlo por la Patria, me dejaron a la deriva, sin esperanzas de una vida mejor… pagando estudios técnicos que no sirvieron de nada, formando una familia llena de carencias y remates por no pago, con rabia acumulada y un montón de deudas. Había que hacer algo para terminar con la noche larga del invierno interminable.

 

El compañero Pedro, intento correr, pero mi mano sujetando su brazo le hizo desistir. Mi sangre fría producto del entrenamiento militar le hizo conservar la calma al mirarme. Sujeté fuerte la bolsa con los volantes bajo el poncho y me preparé cargado de adrenalina, a enfrentar las lumas policiales.

Los Carabineros, no nos miraron a los ojos; bajaron raudamente y rodeando el furgón policial con sus destellantes luces rojas y verdes, corrieron hacia el pasaje de enfrente. Se detuvieron frente a una casa con un portón metálico y ordenaron abrir el local. De inmediato la orden fue cumplida y desde el interior del “clandestino” comenzaron a salir los “chichitas” en evidente estado de embriaguez.

 

Mientras que los alcoholizados pobladores, pegados a la pared para no perdieran el equilibrio, eran revisados por los carabineros, Pedro me miró; sonriendo aliviado y sin emitir una palabra seguimos caminando. El compañero Sergio de la vanguardia, se detuvo unos segundos… miro atrás y volvió a emprender la marcha. El grupo siguió rumbo al oriente para continuar el trabajo y deshacerse de las evidencias conspirativas.

 

Las protestas del año 86 fueron exitosas. En las poblaciones de la nueva comuna de Cerro Navia, parte de la ex comuna de Barrancas, las tanquetas recién adquiridas por el régimen no frenaban la movilización; Herminda de la Victoria, Resbalón, Violeta Parra, Costanera Norte, Neptuno y Nueva Las Barrancas, entre otras poblaciones, entregaban sus mejores jóvenes para enfrentar las fuerzas represivas; jóvenes que estaban dispuestos a entregar su vida junto a la Resistencia, al Movimiento Juvenil Lautaro, a las Milicias Rodriguistas y al “populacho patí pelado” del PEM y POJH organizado, que esperaban la formación del Ejercito del pueblo.

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