La Ultima Canción

 

MARTES

 

 


 

La Última Canción

  




Desperté solo en nuestra cama, ese martes 11 de septiembre de 1973. Joan y Manuela ya se habían marchado al Liceo Manuel de Salas como todas las mañanas.

La ducha estaba fría, como la mañana nublada y melancólica… De pronto Mónica golpeó la puerta del dormitorio con premura.

– Don Víctor… -  exclamó tras la puerta; - venga rápido, en la radio están hablando los Militares y solo ponen música marcial.

 

Me sequé a la rápida y me puse la ropa. Llegue a la cocina y tomé la tasa de café que me había preparado Mónica, quien me miraba con cara de preocupación. En la radio comencé a buscar sintonías que fueran afines al gobierno para informarme de la situación… Radio Magallanes estaba transmitiendo y en ese momento, ingresa Joan por la puerta de la casa.

– Parece que está ahí, - nos decimos al instante; – que ya ha empezado.

– Eso no va… - me dice Joan refiriéndose a la inauguración de la exposición de los horrores de la guerra civil, ese día en la Universidad Técnica, donde hablaría el Presidente Salvador Allende y llamaría a un plebiscito.

– No, pero creo que debo ir de todos modos. - le respondo. - ¿Por qué no vas a buscar a Manuelita al tiro? Es mejor que estén todas juntas en la casa. Voy a llamar por teléfono para averiguar y saber que está pasando.

Joan volvió a salir para el Liceo, mientras que, con mi taza de café me dirijo al estudio para llamar a la Universidad.

Las líneas telefónicas estaban colapsadas… intenté una y otra vez hasta que me contestaron de la secretaría del Rector Kerberg. No sabían muy bien la situación, pero me indicaron que el Presidente se encontraba desde temprano en La Moneda y que en Valparaíso la Marina se había sublevado temprano y tenían controlada toda la ciudad. En Santiago las tropas militares se movilizaban hacia el centro y los tanques se dirigían al palacio de gobierno.

La radio Magallanes informaba con los pocos antecedentes que recibían, puesto que las antenas de las emisoras afines a La Unidad Popular habían sido bombardeadas temprano. Entre las pausas noticiosas buscaba otras emisoras, pero solo música marcial entre los bandos militares, eran las transmisiones que se escuchaban.

 

Radio Magallanes enlazó telefónicamente con el compañero Allende para transmitir el ultimo mensaje, en el momento en que regresaban Manuela y Joan. La llamada telefónica de la CUT interrumpió el discurso valiente y premonitorio del compañero Presidente.

Hay que tomar los puestos de trabajo compañero. – Me indicó el encargado. – Esperaremos a los militares leales al gobierno para resistir; el compañero presidente indicó que no hay rendición ni dejará la moneda. Nos comunicaremos después.

 

Terminado el mensaje del Presidente Allende mire a las mujeres y en silencio salí al deposito de emergencias en el garaje. Tome la ultima lata con bencina y me acerque a la citroneta para llenarla. El vecino, un piloto de LAN Chile, desde el balcón de su casa gritó burlonamente mirándome.

–¡Hasta aquí llegó tu gobierno popular, rotito comunista!

Lo miré con una sonrisa y continué mi trabajo.

Joan salio a la puerta cuando abría el vehículo dispuesto a partir, alcé la mano a modo de despedida y agregué…

– Volveré en cuanto pueda, mamita… tú sabes que tengo que ir, mantén la calma.

– Chao… - me respondió intentando parecer calmada.

Subí al vehículo y partí rápidamente.

 

Llegue a la Plaza Italia sin muchos contratiempos, el trafico era expedito en las calles de la parte alta de la ciudad. En Plaza Italia había un bloqueo militar y no dejaban continuar por Alameda, las opciones eran bajar por el lado de Estación Mapocho y Balmaceda, o por Avenida Matta, decidí seguir hacia el sur por Vicuña Mackenna.

 

En Matta no tuve problemas para seguir al poniente, en Santa Rosa y San Diego cruzaron camiones con tropas militares hacia el centro… de pronto algunos disparos y explosiones sonaron en algún lugar.

En el Parque O´Higgins, los mismos tanques que habían participado del tanquetazo meses atrás, salían del Regimiento Tacna dirigiéndose al norte.

Después de varios desvíos por controles militares que apuraban el transito de los vehículos que circulaban, baje desde Bascuñan hasta la Estación Central para entrar al recinto de la Universidad por Matucana sin mucha dificultad. Dejé la citroneta en el estacionamiento de profesores  e ingresé al Campus principal.

 

Cuando llegué al Departamento de comunicaciones, me enteré que a primera hora de la mañana, la Radio de la Universidad había sido tomada por tropas de la Marina y ocupada por funcionarios de la emisora del recinto Naval de la Quinta Normal. Por lo tanto me dirigí rápidamente hacia el edificio de la Facultad de Artes y Oficios en la calle Ecuador, puesto que era un recinto seguro por sus gruesas paredes de ladrillos, en el mismo instante que comenzó el ataque final a La moneda, donde resistía el Compañero Presidente.

Desde el balcón del segundo Piso, al costado del Estadio de la UTE, pude ver los aviones Hawker Hunter que cruzaban entre el humo del palacio presidencial, para tirar sus cohete bombas al edificio que se consumía entre ruinas y lenguas de fuego.

Con los compañeros que mirábamos desde el balcón, guardamos un silencio desolador.

 

Un poco mas tarde, inquieto por saber como estaban Amanda, Manuela y Joan, decidí llamar a casa desde la rectoría, donde había algunos teléfonos, y al llegar, me encontré con una larga fila de compañeros que esperaban su turno para contactar a su familia.

Cuando accedí al aparato y sentí la voz de Joan, agregué de inmediato…

– ¿Cómo estas mamita? No he podido llamarte antes. Estoy aquí, en la Universidad Técnica. ¿Sabes la que pasa, verdad?

– Si… sentimos el bombardeo. - Indicó con voz entrecortada. - La casa de Tomas Moro también fue bombardeada con aviones en picada y ametrallada por helicópteros… Nosotras estamos bien todas.

– No salgan a la calle y no te preocupes por mí, estoy bien.

– ¿Cuándo volverás?

– Te llamare mas tarde… ahora necesitan el teléfono… chao.

No pude agregar más y decidí dirigirme a los estacionamientos para revisar la citroneta por si había documentos con información comprometedora. La encontré en el mismo lugar donde la había dejado, enseguida revisé el maletero. No había problema, por lo que saque mi carné de identidad, lo deje en la guantera y asegure sus puertas. Volví a la Escuela de Artes y Oficios.

Los bandos militares aseguraban que quien se resistiera sería abatido de inmediato, que el toque de queda comenzaba a regir desde las primeras horas de la tarde, por lo que el Doctor Enrique Kerberg negoció con los oficiales a cargo de las patrullas cercanas, la autorización para que los alumnos y profesores que estábamos en los edificios, permaneciéramos en el interior durante la noche hasta la última hora de la mañana del miércoles, cuando levantaran el toque de queda por un par de horas.

Cuando el Rector Kerberg nos informó del acuerdo y puso a disposición nuestra, los teléfonos del edificio, me encamine a la administración de la Escuela para, en algún momento, avisar a Joan que nos quedaríamos en la Universidad... los teléfonos estaban ocupados.

 

En la sala de profesores, los que nos quedaríamos, organizamos la distribución y las salas que estaban en condiciones para pernoctar seguros, no teníamos nada con que defendernos. El edificio comenzó a ser rodeado por soldados y los tanques se apostaron en los alrededores del Campus.

Desocupado el teléfono, rato después, dizque el numero de casa y espere ansioso la contestación…

 ¿Aló?… - responde Joan.

– ¿Cómo estás mamita, las niñas? ¿Mucho barullo?

– No… les dije a Amanda y Carola que era un juego de aviones y cerré las ventanas con las persianas de madera… No me creyeron mucho.

– Tengo que quedarme aquí… será difícil que vuelva por el toque de queda. – agregué tratando de infundirle confianza. – A primera hora de la mañana, en cuanto lo levanten, vuelvo a la casa… Mamita, te quiero.

– Yo También te quiero… - contestó atragantada, mi paloma, mientras colgaba el auricular.

 

Las horas se hacían largas, cayó la noche… mientras los rostros de preocupación y zozobra se reflejaban entre los que estábamos en la sala de reuniones. Tome la guitarra y comencé a cantar Venceremos, los demás se miraron y poco a poco, se fueron sumando al canto… comenzó a subir el ánimo y seguimos con  “Manifiesto”, algunas lágrimas rodaron por las mejillas hasta que alguien grito ahogadamente;

– ¡Compañero Salvador Allende!

– ¡Presente! – Contestaron emocionados…

– ¡Ahora y Siempre!

 

Varias explosiones y disparos de ametralladora rompieron el silencio de las dependencias, en algún lugar del edificio se sintió la quebrazón de vidrios.

No les gustó la poesía y el canto… - comenté sonriendo. – Deben estar asustados esos pobres muchachos, le temen a las palabras.

Segundos más tarde, volví a la sala de profesores para intentar dormir un rato. El tableteo intermitente de las ametralladoras interrumpía mi sueño, al parecer algunos compañeros intentaron salir en la noche, pero seguramente no pudieron llegar lejos… sus cuerpos aparecieron en la mañana regados por la calle Ecuador. Varias explosiones y la quebradera de los ventanales del edificio a causa de los disparos de los tanques, nos alertaron en la madrugada del ataque final a la Universidad.

 

Otro bombazo destrozó el portón de la Escuela, las ventanas y la estructura de ladrillos… destruyendo laboratorios, equipos y libros. Posteriormente, los soldados ingresaron gritando con los ojos inyectados en sangre, golpeándonos con las culatas de sus fusiles. Nos hicieron salir corriendo y en un callejón de golpes, nos condujeron al pórtico despedazado del nuevo edificio de la Universidad Técnica, convertido ahora en ruinas de hierro y vidrio.

 

En el patio para deportes, estaban los demás alumnos y profesores de otras dependencias, incluido el Rector Kerberg y a punta de golpes, culatazos y patadas nos hicieron tendernos boca abajo en el césped. Por un par de horas nos tuvieron botados empapándonos del rocío de la madrigada, acalambrados con las manos en la nuca y continuamente golpeados ante cualquier movimiento.

 

Cuando llegó un grupo de jóvenes oficiales, ordenaron levantarnos y nuevamente a punta de golpes, nos hicieron formar en fila india para salir del recinto y partir corriendo hacia Alameda, frente a la Estación Central.

Mirando al suelo con las manos en la nuca, entre insultos, golpes, manchas de barro ensangrentadas escurriendo por los adoquines de piedra y, después de una extenuante maratón… llegamos a la calle Bascuñan para formarnos en la entrada del Estadio Chile.

Un Suboficial altivo, me miró un segundo.

– Tú eres el maldito cantante, ¿no? – agrego al tiempo que, de un golpe en la cabeza con la empuñadura de su revolver, me derribó para patearme en el suelo, indefenso, patadas con saña en el estomago y las costillas.

Haciendo una señal, entre los gritos y golpes de los soldados que hacían entrar corriendo al Estadio a los demás prisioneros, tres de ellos me alzaron en vilo para ponerme de pié. Me condujeron bruscamente al interior, a una tribuna especial, solitaria, reservada para los detenidos “importantes”, peligrosos. Me dejaron cerca del Doctor Kerberg, mientras la sangre tibia corría por mi rostro, cubriéndome la ceja y el ojo izquierdo… Lo miré dibujándole una amplia sonrisa en medio del horror que estábamos viviendo.

– Somos cinco mil en esta pequeña parte de la ciudad. – pienso… -  ¿Cuántos seremos en total en las ciudades y en todo el país? Solo aquí, diez mil manos que siembran y hacen andar las fabricas.

 

Pasó un rato, minutos… horas de pie, mientras el estomago y la costilla debajo del brazo, me dolía. Se llevaban a algunos, por los altoparlantes gritaban las órdenes profiriendo amenazas, traían a otros… me senté comencé a perder la noción del tiempo, el frió calaba los huesos, me oville en el asiento para calentarme con las manos bajo las axilas a causa del dolor intenso en las costillas… dormité. En que momento se llevaron a Enrique, el Rector, no lo sé, al parecer los soldados me ignoraron… Joan, las niñas, ¿estarán preocupadas? ¿Esperándome? Estaba solo, aislado.

– Somos diez mil manos menos que no producen. – pienso nuevamente… -  ¿Cuántos somos en toda la Patria? La sangre del compañero Presidente golpea más fuerte que bombas y metrallas. Así golpeará nuestro puño nuevamente.

 

Pasaron las horas, el día, la noche, ¿será jueves ya? Sigo solo tras las puertas de vaivén, por el pasillo trasladan incansablemente a los prisioneros, golpeados, maltrechos, para dejarlos ahí, en el pasillo, en las galerías del Estadio Chile.

– ¡Cuanta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura! – susurro.

 

Decido salir, me dirijo a las puertas, nadie me lo impide, las empujo salgo y me encuentro con él… Un oficial alto, rubio, enfrente de mi rostro, a centímetros me observa sonriendo irónicamente… como disfrutando. Con sus manos hace un ademán como tocando una guitarra, ríe por un segundo y con el índice, me apunta el cuello y lo pasa lentamente, de forma horizontal, de izquierda a derecha. Lo observo sereno, sin hacer ningún gesto de respuesta.

– ¿Qué hace aquí este hijo de puta? – Grita llamando a los guardias que le acompañan. - ¡No permitan que se mueva de aquí! … ¡Este me lo reservo!

Me arrinconan bruscamente a un lado del pasillo.

– De pie y cara a la pared. – Me indican.

Ahí me quedo, en silencio... Esperando.

 

        – Seis de los nuestros se perdieron en el espacio de las estrellas. – murmuro.

Comienzo a sufrir calambres, el dolor del pecho no pasa, las horas sí. De pronto se acercan soldados, me hunden el cañón de un fusil en la espalda y me empujan hacia la escala que da al sótano, me hacen bajar y nuevamente quedo de pie, en el pasillo que conduce al escenario del Estadio, el mismo que recorrí varias veces para subir a cantar.

– Pero de pronto me golpea la conciencia y veo esta marea sin latido, - pienso un instante – pero con el pulso de las maquinas y los militares mostrando su rostro de matrona lleno de dulzura.

Me interrumpe alguien, golpeándome ferozmente las costillas, en la cabeza, sangro nuevamente, siento el líquido caliente que escurre por las narices. No veo quienes son, golpes en las piernas, caigo al suelo, me patean el estomago una y otra vez, hasta que suelto esfínteres, cubierto de sangre, excremento y orina, quedo tumbado en posición fetal.

 

Pasan horas, es de noche al parecer. Oigo pasos, llegan los soldados, me levantan entre dos, no puedo caminar, casi a la rastra me suben al piso principal, me empujan y sigo caminando lentamente pero con dignidad, para llegar con los demás, con los compañeros. Me limpian la cara con su ropa, me acomodan, preocupándose que esté cómodo…

– Escuche, que a ese maldito le apodan “El Príncipe”. – Me susurra uno de ellos. – El que dirige las torturas.

 

El sopor me invade… me han cubierto con algo y no siento el frió, confundido con el dolor en cada centímetro de mi cuerpo. Despierto de un sobresalto, siento un dolor insoportable en mi pecho, me acomodo… no solo el pecho, los glúteos, hombros y brazos, la inflamación de mis ojos no me permite ver bien a mis compañeros, al parecer es de madrugada.

Nuevamente me duermo.

 

Me despierta el ruido metálico y el tableteo de la ametralladora con los rebotes de las balas en el techo. Un potente foco recorría el espacio y bajando, nos cegaba directamente. Segundos de silencio y nuevamente los altavoces del Estadio, música marcial mezclada con más insultos y enseguida, ingresan los soldados para sacar a los próximos compañeros que, según ellos, serian interrogados.

Se los llevan. Los pasillos se llenan de bullicio y golpes… algunos gemidos ahogados. En las cabinas de transmisiones, sobre la galería, la silueta de un hombre corpulento vocifera amenazante. Nuevamente a su señal el tableteo de la metralla sobre nuestras cabezas.

 

Ninguno de los que se encuentran a mi lado se levanta, tendidos en el suelo esperamos que terminen los disparos.

Nuevamente ingresan los soldados, nos hacen levantarnos y nos conducen a golpes y latigazos de correas, hacia el extremo mas alejado, como reses… Nos dejan de espaldas a la pared.

Silencio… de pronto el ruido de los fusiles pasando bala.

Nuevamente silencio.

 

Los altavoces suenan nuevamente con marchas militares, gritos del energúmeno amenazando con dividirnos en dos con la ametralladora, ráfagas seguidas.

– ¡Esa es la voz de Hitler, comunistas concha de su madre! – Grita histéricamente. - ¡Le dicen las sierras automáticas del Fiürer, esas que los va a partir por la mitad!

 

Nuevamente sacan a otros del grupo, se los llevan. Otra vez culatazos, golpes con las hebillas, nos hacen correr al otro extremo, nos dejan de pie, los minutos pasan.

A los que están en los pasillos los golpean, en las galerías superiores también.  De pronto gritos de rebeldía de un compañero que está en un balcón superior, corre y se lanza al vacío… Cae en medio de nosotros, en un golpe seco, como una sandía que se rompe.

Algunos rompen en llanto, gritan como bestias, se tiran el pelo contagiados en este estado de locura, corren hacia las salidas y los soldados disparan… caen sangrando perforados hacia atrás, como si les hubiesen pegado con un mazo. Nos tiramos al suelo, jadeantes, sudando, sangrando, indefensos.

Los soldados retroceden, se ocultan nuevamente en los pasillos. Silencio… sollozos, jadeo, los focos se apagan, las penumbras invaden el grupo, nuevamente el dolor vuelve, sopor… pierdo el sentido.

 

Despierto tirado en medio del grupo que me acogió antes, nada dicen, permanecen sentados en el suelo en silencio.

– Un muerto, uno golpeado como jamás creí se podía golpear a un ser humano. – pienso otra vez… - Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores uno saltando al vacío, otro golpeándose la cabeza contra el muro, pero todos con la mirada fija de la muerte. ¡Que espanto causa el rostro del fascismo! Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada. La sangre para ellos son medallas. ¿La matanza es acto de heroísmo?

 

El tiempo se consume sin control, con dolor, se pierde la noción de este. La puerta lateral se abre y entran soldados, extrañamente calmados, preguntan por Apablaza. Un compañero se levanta con rostro preocupado.

– ¿Washington Apablaza? – exclama susurrando.

 ¡Da lo mismo, comunista huevón! – responde el soldado. ¡Sígueme!

Se lo llevan al pasillo, los pasos se alejan.

Nos quedamos mirando, en silencio.

 ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Este es el mundo que creaste, Dios mío? - Pienso. - ¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo? Si salgo de esta locura, el mundo sabrá de esto, son dolores de parto… Estos criminales y su carnicería, serán las matronas de un nuevo continente americano, de un mundo nuevo que surgirá de las cenizas… ¿Y México, Cuba y el mundo? ¡Que griten esta ignominia!

 

Siguen pasando los minutos, las horas, expectantes a que comience de nuevo la barbarie.  De pronto, se siente ruido en el pasillo, las puertas se abren e ingresa un compañero con un moretón en su ojo izquierdo y ropa en sus brazos, unos chalecos y un abrigo. Sonríe haciendo una mueca de dolor con su labio superior inflamado.

– No me “interrogaron”… - agrega con sarcasmo y en voz baja. – Me hicieron cariñito en la cara, entre dos milicos con guantes de box y me pasaron esta ropa. Creo que vinieron los de la Cruz Roja.

– Por lo menos no se han llevado a ninguno más de nosotros, - agregó en voz baja, el que estaba más cerca; - parece que estaremos un rato tranquilos.

– En estas cuatro murallas solo existe un número que no progresa, que lentamente querrá más muerte. – susurro y el compañero me mira dudando, asombrado.

El recién llegado se sentó hurgueteado entre la ropa que traía, de un bolsillo del abrigo sacó un pequeño frasco de mermelada y galletas del otro. Abrió el frasco e introdujo el índice, sacando de inmediato, el dedo impregnado de dulce. Entregó el frasco al grupo.

– Una untada por cada uno… - indicó, pasando también algunas galletas. – No alcanza para más.

Cuando llega a mis manos, el frasco estaba casi vacío, recorrí el contorno y saque la pequeña porción que me serví con ansias, chupándome el dedo hasta no dejar vestigio…  la galleta y el salivar, con el dulzor anhelado, se mezclo en la boca.

Fue el único desayuno que probamos esos días.

 

Pasó, tal vez otro día, entre sobresaltos y dolores. Por los altavoces indicaron nombres, de quienes deberían prepararse para el traslado, alguien escuchó que los llevarían hacia el Estadio Nacional, no estoy en la lista. Un compañero ordena sus pocas cosas, creo verle un trozo de papel, se lo pido y le consulto por un lápiz, mira alrededor y me pasa uno pequeño, mordido y de punta gastada.

Lo oculto. Espero que se dé la ocasión y en un rincón, escribo… - “¡Canto que mal me sales, cuando tengo que cantar espanto! Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto. De verme entre tanto y tantos, momentos del infinito, en que el silencio y el grito, son las metas de este canto. Lo que veo nunca vi, lo que he sentido y lo que siento, hará brotar el momento…”

 

Un compañero me cuenta que lo trasladaran, que al parecer lo van a soltar. Yo creo que lo van a asesinar. Le pido que lleve un mensaje, para disipar sus temores, entregarle una razón para vivir.

– Compañero, si puedes llamar a Joan, dile que trate de mantener la calma y que se quede en casa con la niñas. Dile que dejé el auto en el estacionamiento de la Universidad y que si puede, envíe a alguien para que se lo lleve. Yo no creo que me dejen salir de acá.

– Aguante, compañero… - me susurró. – Yo me encargo.

 

Sigo escribiendo fragmentos de los pensamientos que he tenido estas horas y días, vienen los soldados, escondo el papel y el lápiz entre unas ropas… otro compañero se sienta sobre ellas.

Era el Príncipe y sus verdugos, vienen por el compañero que se va,  ordena que se lo lleven y nuevamente me mira con una sonrisa.

– ¡El de las canciones! ¿Como te han tratado? – Me pregunta con sarcasmo.

Desde el suelo, sentado, nuevamente guardo silencio.

– ¡Levántate, concha de tu madre! – grita repentinamente desfigurado. Dos soldados se abalanzan para tomarme de los brazos y levantarme. – ¡Aquí está! el que hacia canciones de protesta… ¿te gusta cantar, comunista de mierda?

 

Tomado casi en el aire por sus secuaces, le sonrió sin decir palabra.

– ¡No quiere hablar, el infeliz! – grita histéricamente y me golpea con su puño en la boca del estomago. - ¡Canta ahora si puedes, hijo de puta!

– Desde… el hondo… - balbuceo con voz entrecortada, entonando con dolor… - desde el hondo crisol de la patria…

 

Otro golpe en el estomago con el puño izquierdo. En un círculo inmediato, su mano derecha empuñada, rompe nuevamente mis labios. - ¡Ustedes no tienen patria, comunistas chuchesumadre! – grita mientras descarga una nueva andanada de golpes de pies y puños.

Minutos de furia y locura me derrumban y soy llevado a la rastras hacia el pasillo… la escala que lleva al sótano, se suma a los golpes con los peldaños, en los testículos, las rodillas, los tobillos y pies… me introducen en la sala de enfermería subiéndome a la camilla, para atarme brazos y piernas, con correas unidas a esta. Las manos quedan sobre la baranda y comienzan a darle culatazos… los golpes continúan con diversos objetos hasta perder la conciencia.

 

Despierto en medio de golpes, cubierto de sangre al parecer en el suelo… desvanecimiento.

Nuevamente un halo de conciencia, recibo un baño de orines y heces, golpes con hierros en la cara y un nuevo sopor.

Siento un hedor, estoy en el pasillo… me arrastran, alguien me patea… un fogonazo de luz blanca, todo se inunda de rojo… de inmediato, oscuridad.

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